EL SELLO Y ÉL – Por Alejandro Ferreyro

Ya solo, en su nuevo despacho se acomodó en el sillón de cuero, lo sintió imponente como al suntuoso escritorio de roble; sí, de ahora en más ambos serían “suyos”.

 Observó con detenimiento cada detalle del ámbito y llegó a la conclusión de que estaba a la altura de las funciones que le habían asignado recientemente, tal vez un tanto desmesurado para su austeridad.

Tomó la carpeta negra que tenía delante y extrajo con parsimonia el pliego de su designación, la releyó lentamente paladeando palabra por palabra…

Lo había logrado, después de tantos años bregando por alcanzar el cargo jerárquico; sí, esa acta que releía una y otra vez, no dejaba dudas de su nombramiento.

Le llegaba por fin el reconocimiento a su labor, quizás un poco tarde; sabía que su apego a la honestidad y a sus escrúpulos, habían sido un escollo en su camino, pero a partir de ahora tenia el poder de decisión que anhelaba, como para poner en práctica sus ideas. Si sus superiores lo habían elegido para ese puesto tan codiciado, era por que confiaban en él.

Mientras meditaba en su íntimo  momento de gloria, sin darse cuenta, había comenzado a juguetear con un pequeño objeto qué, junto a una costosa estilográfica, le habían obsequiado en nombre de la Dirección General, cuando lo pusieron en funciones.

De pronto reparó en esa cajita; era un pequeño y reluciente estuche metálico, en cuyo interior yacía un sello con su nombre y apellido y su cargo grabado en elegantes caracteres, el ver su nombre invertido le causó gracia.

Sintió que ese cofrecito contenía el símbolo de su poder; era como su bastón de mando, o su anillo real, que convertiría cada idea suya en un proyecto, cada palabra en un mandato, cada opinión en una orden. Lo miró con orgullo y lo guardó con la unción de un Templario que envaina su espada.

Comenzó a ejercer su cargo con entusiasmo, tratando de ser eficaz y  expeditivo, pero a poco, percibió que, la concreción de sus proyectos renovadores se iba demorando por las infinitas urgencias que lo invadían, tras el rótulo de “Pronto Despacho”.

En esos días fue cuando empezó su intensa relación con su sello; su rutina era recibir innumerables notas, expedientes, memorandos, comunicados, disposiciones, etc. etc…

Él se limitaba a leerlas con minuciosidad, opinar, objetar, corregir, y sobre todo; firmar, sellar y elevar; firmar, sellar y remitir; firmar, sellar y derivar; firmar; sellar y archivar; firmar, sellar, firmar, sellar y firmar, sellar…

Al cabo de un tiempo empezó a sentir que el sello era como una prolongación de su mano, como un extraño apéndice que brotaba entre sus falanges y con una eficiencia autónoma sabía dejar su huella en el lugar preciso.

Por entonces consideraba a su sello como un aliado fundamental de su quehacer, pues era éste quien daba peso a sus pareceres, quién afirmaba su poder cuando tomaba las esporádicas decisiones, quién permitía que los problemas pudieran alejarse de su despacho. En fin, un colaborador incondicional e imprescindible, hasta aquel fatídico día en que en un descuido olvidó llevar su sello a su lugar de trabajo.

Ni bien informó a su secretaria del suceso, ésta, tuvo un irrefrenable gesto de disgusto que trato de disimular con una sonrisa profesional.

Mientras depositaba sobre su escritorio la consabida carga matutina de expedientes, pasó a recordarle la reunión con los Directores Generales de las diez de la mañana.

Ese encuentro periódico con sus superiores era primordial para su carrera, concurrió con el balance de lo hecho y sus tozudas propuestas reformistas.

Esa vez los directivos prestaron una atención especial a sus planteos, asintiendo en que los mismos constaran en actas para su estudio. Cuando llegó el momento de rubricar lo tratado, tímidamente comentó la omisión de su sello; sintió que se producía un silencio que le pareció eterno, en el que las miradas despreciativas de pares y superiores  convergían en él.

Rompió el silencio las implacables palabras del Director General, dando por finalizada la reunión y señalando que el cierre de actas se postergaba hasta concretarse todas las firmas  “y sellos” de los presentes. Sintió que su imagen se había deteriorado súbitamente y que sus proyectos se diluirían por su inoperancia.

Una vez digerido el disgusto, vino la reflexión, pensó que era imposible que su prestigio, ganado con conducta y tesón, pudiera ser cuestionado por  la ausencia  momentánea de un sello, y se dispuso a comprobarlo.

Durante las próximas semanas trabajo con ahínco tratando de minimizar el episodio ante los demás, y sobre todo sin descuidar a su sello.

La infinidad de nuevos problemas, vicisitudes, contratiempos y urgencias que  conforma la cotidiana rutina laboral, lograron reinsertar su presencia ejecutiva dentro de los parámetros normales del sistema.

Fue entonces que cumpliendo su plan, se presentó una mañana nuevamente sin su sello, esta vez ni bien llegó convocó a su secretaria  le informó de su carencia, sin ofrecer aclaraciones.  De inmediato sin dar tiempo a comentarios, le solicitó que le acercara toda la documentación más urgente por resolver.

Esta vez sin disimular su desagrado, la empleada, cumplió de mala gana con lo ordenado; pero en el momento en que posaba las carpetas junto a la lapicera de su jefe,  se atrevió a comentar con la voz más neutra que pudo.

-¿Señor las va a elevar sin su sello?

Su respuesta fue inapelable.

 –Por su puesto, emito criterio, las firmo, aclarando mi nombre y mi cargo, es más: le agrego el número de mi matrícula profesional; y luego, le solicito que las distribuya como siempre, lo más rápido posible.

A la mañana siguiente, al llegar a su despacho, lo esperaba su secretaria  acomodando sobre su escritorio el doble de carpetas que de costumbre. Luego de un formal saludo le dijo con un in disimulado aire triunfal.

-En la subsecretaría, rechazaron todas las elevaciones de ayer por falta de sellado.

Se sintió profundamente humillado ante su subalterna. Tratando de ocultar su ira, se enfrascó en su tarea, sellando todo con fingida displicencia, sin mediar palabra con nadie. Desde ese día optó por dejar el sello en su escritorio.

Preso de su angustia, comenzó a sospechar, que el “Poder” estaba en el sello y no en su persona, por lo tanto éste se estaba interponiendo en su camino.

La situación produjo en él un cambio de actitud, por lo pronto tomó conciencia de que en su mundo laboral, que era todo su mundo; su palabra, su criterio o su juicio, carecían de valor sin su sello.

La desesperación lo llevó a maquinar varias estrategias para eliminar a su virtual enemigo, “El Sello”.

Pensó en destruirlo pero sabía que de inmediato lo tendría que reponer, es más, sus Superiores se lo repondría al instante.

Imaginó la posibilidad de vendar su mano fingiendo una lesión, para estar imposibilitado de usarlo al menos durante un tiempo, lapso que serviría para demostrarle al Directorio, que el imprescindible era él y no ese instrumento del diablo.

Pero descartó la idea, sabía que le darían licencia hasta que estuviese en condiciones de “ejercer el poder”, el del “sello” por supuesto, pues ya se sentía su subordinado.

Poco tiempo después pasó algo que, para él sería trágico. En aquella oportunidad se quedó dormido al amanecer por causa del insomnio nocturno que padecía. A media mañana lo despertó el llamado de su secretaria preocupada por su tardanza. Al justificar su ausencia pretextando un malestar personal, recibió el mensaje demoledor; su “subordinada” dijo simulándose afable:

– Señor, quédese tranquilo descansando en su casa hasta que se reponga. Por el trabajo no se altere que, si usted me lo permite, tomo el sello de su escritorio y puedo despachar las urgencias;  por su firma no se preocupe, la suya es muy fácil; si usted me autoriza,  yo me atrevo a imitarla, total nadie se fija en ella.

  Verdaderamente sintió pánico, su trabajo, su estabilidad en el cargo, su futuro, estaba a merced de “su sello”, quién habiendo tomado vida propia, era el verdadero “ejecutivo”, usurpándole su nombre y cargo,

Dedujo que su persona era sólo su soporte, y por lo que acababa de escuchar de boca de su secretaria, era alguien fácilmente prescindible y reemplazable.

Al verse relegado al borde de la derrota, tomó la decisión de diezmar de a poco a su contendiente, la forma era sencilla, hacer que éste, fuera perdiendo imagen sin que se notara. Le iba a retacear lentamente su diabólica “sangre negra” hasta disecarlo.

En principio todo parecía encaminarse bien, pues en la práctica, día por día la impresión del sellado iba perdiendo nitidez; en actas, memorandos y expedientes el “sello”, era ya casi una débil mancha ininteligible.

Pero en un instante de desatención alguien lo “trasfundió”, embebió su almohada con el fatídico liquido negro y viscoso, devolviendo la lozanía a esa máquina infernal.

Una y otra vez se empeñó en secar a su enemigo pero no lo logró, una mano misteriosa sin dejar huellas, lo volvía a recargar de la maldita tinta.

Aunque siempre sospechó que era su secretaria quién efectuaba la rehabilitación, nunca lo pudo comprobar.

Fue entonces cuando, sintiéndose acorralado, tomó la decisión final: renunciaría en forma indeclinable a su cargo, de este modo el sello perdería su razón de ser, se transformaría en un objeto inútil, desechable, al que él, se encargaría de hacer algo peor que destruirlo: confinarlo en algún rincón perdido para que el tiempo y el olvido lo degradara.

No le importó perder su carrera, su prestigio, su seudo poder con tal de eliminarlo.

Pero sabía que hasta el final le daría batalla, ya que se daba algo paradójico; la nota de su renuncia tendría valor si debajo de su firma, convalidando su decisión figuraba él, el despreciable sello, estampando “la última palabra”, aunque para burlarlo se le ocurrió un recurso, quizás algo pueril.

Cuando los Directivos de la institución recibieron dicha nota se sorprendieron por lo inesperado, ya que el renunciante era un ejecutivo eficiente y muy bien conceptuado; pero lo que les llamó la atención fue el hecho que cerrando esa esquela debajo de la firma y el consabido sello había una incomprensible postdata: Te Gané, es mi última palabra.

 

A modo de epílogo Por fin, consumados los hechos, sintió un gran alivio, al saberse dignamente liberado habiendo vencido a su obsesión, su imaginado monstruo. Pero algo más profundo lo invadía, la inefable satisfacción de haber rescatado su Nombre, su Palabra, su Albedrío y según él, esencialmente su Dignidad.

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Af.

.  05 / 2007-