VIEJAS OBSERVACIONES – Por Alejandro Ferreiro

Esta es una pequeña historia, casi una anécdota contaminada de nostalgia. Habla de las andanzas de un joven de Buenos Aires allá por los años 60  del siglo pasado. Este adolescente era un muchacho común de la clase media de entonces, que un día arribó a una importante Escuela de Arte del momento. No sabría decir si movido por una verdadera vocación artística o simplemente por huir de las aborrecidas escuelas secundarias de la época. Aunque por cierto lo que mejor hacía era dibujar.

Para ubicarnos les diré que él provenía de una familia de cierto nivel cultural, gente buena pero compleja, de ideas sociales progresistas pero  aferrada costumbres tradicionales. Cosa bastante común por esos tiempos de habituales mansajes ambiguos machacados  desde la niñez, como para desorientar al más pintado.

Lo cierto es que a nuestro amigo, aquel centro de educación artística le cambió la vida. Imagínense a este chico que había cursado su escuela primaria y algunos años de su secundaria en instituciones sumamente rígidas solo de varones. De pronto se encuentra por primera vez, en una escuela mixta, con chicas y chicos de diversas edades que se relacionaban entre sí y con los profesores con una espontaneidad desconocida, cosa que en principio le pareció caótico.                                                                                                       Pero no hay cosa más atractiva para un adolescente que el caos; aunque el  descomunal desorden que él percibió  en aquel momento, hoy es lo habitual en nuestro sistema educativo. Era un mundo sin uniformes escolares, sin límites rigurosos y con permisos accesibles; sí con respeto pero sin un orden jerárquico rígido. La propuesta era adentrarse en el universo de lenguajes plásticos desconocidos, nuevas maneras de ver imágenes, objetos, líneas, formas, colores, técnicas y una distinta mirada cultural, todo absolutamente sorprendente. Pero sobretodo la posibilidad de relacionarse libremente con su entorno, cosa inimaginable. En ese contexto, para aquel muchacho era imperioso superar su proverbial timidez  relacionándose y expresándose de algún modo o sucumbiría en el anonimato, porque así eran las leyes de juego.

En pleno proceso de integración llegó al segundo año de estudios y a pesar de haberse adaptado  bastante bien al insólito ambiente, en esta etapa él tendría que afrontar nuevos desafíos. Según el académico plan de estudios vigente los alumnos para avanzar en su fonación, tenían que comenzar a relacionarse con el cuerpo humano, por un lado con el estudio morfológico de la anatomía y por otro, mediante el dibujo, contactarse con los llamados “modelos vivos”, en principio, modelos vestidos y más adelante desnudos.

Pongámonos en situación; nuestro personaje era uno más entre un  grupo de adolescentes, pisado el umbral de ese nuevo mundo. La mayoría sin una formación previa sólida como para adentrarse  en esos temas, carentes de una educación sexual básica. Es más, en muchos casos ésta era distorsionada, prejuiciosa y a veces considerada  pecaminosa. También entre ellos había unos  pocos con conocimiento del tema y entre los más grandes algunos con cierta experiencia, cosa que hacía más heterogéneo aquel grupo.

Como ya dijimos,  quién nos ocupa era sumamente tímido y lo poco que sabía de sexo lo había aprendido de sus amigos de la calle, pero casi nada de sus mayores. Por lo tanto fue muy difícil cuando tuvo que enfrentar por primera vez, en una formal clase de dibujo a que se hiciera presente una modelo quien  sobre una tarima fuertemente iluminada se sacó su bata quedando cuasi desnuda, con una trusa mínima, adoptando la pose indicada por el profesor. Luego el docente propuso a los alumnos que observaran las  proporciones  corporales con detenimiento, exponiendo como si estuviera describiendo un jarrón de yeso, eso sí, con sumo  respeto hacia la modelo, quien hacia todo lo posible como para que el alumnado la viera de yeso.

En cuanto a nuestro joven, se le cruzaron una serie de sensaciones contradictorias: lo primero que sintió fue vergüenza, como si el que estuviera desnudo ante sus compañeros fuera él, pero se serenó cuando noto que otros varones y muchas chicas también se sonrojaban. Sintió a su vez que ese momento carecía del erotismo que había imaginado. Pensó después que esto se habría debido a que el clima imperante en el aula era tan  tenso como para congelar hormonas adolescentes, al menos las suyas. También analizó luego que  la modelo no era tan bonita ni sensual, pero lo verdaderamente excitante eran las piernas que exhibía bajo la estrecha falda esa chicas del curso que lo tenían loco.

Otra cosa que descubrió más tarde fue cuando la complejidad del dibujo requirió su plena atención para poder plasmar la imagen en la hoja de papel; notó con cierto asombro, que el cuerpo desnudo que yacía ante él era tan solo una fuente de problemas compositivos, tal cual como lo había inducido el profesor.

La cosa se complicó tiempo después cuando con el avance de la carrera, la demanda de los Maestros  requería  de los ahora discípulos, que ante los modelos vivos, femeninos o masculino,  se buscara “sensibilizar la imagen”; es decir que más allá del dominio técnico del dibujo se debía lograr captar y plasmar plásticamente,  lo sensible y emocional que les despertara a cada uno, el ser humano que se tenía delante. Es decir que él y sus condiscípulos percibieran que las y los modelos ya no eran más cuerpos como de yeso, eran personas seres vivos capaces de  conmoverlos.

Como habrán notado, aquel muchacho, como sus pares, se fueron  formando con un sin número de mensajes diversos, a veces confusos y contradictorios, otras precisos y enriquecedores. Pero todo sirvió para sedimentar en ellos, mentes abiertas, sensibles y creativas, estímulo de crecimientos personales. Herederos  de aquel mundo, uno cuantos de aquellos jóvenes llegando a  destacarse en diversos campos del arte,  la creación y la enseñanza.

Af. 7/2020

P.D. Cualquier semejanza con mi historia personal no es pura coincidencia.