REFLEXION DEL LUNES – VIOLACION EN MANADA Y DESAHOGO SEXUAL – Por Eduardo Peluso

Creo que esta noticia  merece  alguna reflexión que sin querer buscar una verdad, imposible de encontrar, permita dejarnos pensando sobre la violencia, la sexualidad, y el poder.

Cuando sucede un hecho tan doloroso como una violación, estamos acostumbrados a que el mismo se reduzca a un crimen de origen sexual, y con explicaciones instrumentales que en general  incluyen el odio, los celos , el deseo irrefrenable , u otra emoción, a la que suman ahora el desahogo sexual.

Naturalizar esta forma de explicación genera en casi todos los casos una simplificación del hecho a una situación de violencia doméstica, incluida en la vida privada de la víctima, lo que por un lado le quita el interés social institucional, y por el otro, intenta reducir la pena, al asociarla a las emociones privadas e irrefrenables del o de los agresores.

Mi intención es plantear una mirada política de la violación relacionando la misma con el origen patriarcal de la humanidad,  la matriz heterosexual, de la cual todos nosotros somos producto, y ese mandato de masculinidad, que los hombres deben cumplir, para seguir siendo reconocidos por su grupo.

En mi análisis, basado en algunos conceptos de la antropóloga Rita Segato y la filósofa Judith Butler,   el agresor  no comete la violación por una razón instrumental, sino, que la agresión es realizada  por una razón expresiva, es decir, el ofensor sexual  cometiendo ese acto está expresando y transmitiendo algo no solo a la víctima, sino también a sus pares, a esos otros hombres que pueden estar representados, por su hermano mayor, el más canchero de sus amigos, u otro hombre, que en su inconsciente es considerado como el poderoso.

Estudios estadísticos comprueban que en general las violaciones pocas veces son realizadas por un solo agresor, a  lo que  le sumaria, que en los casos en que presencialmente sea así, y  aunque físicamente haya un solo victimario, el ofensor sexual va acompañado  con otro hombre en su inconsciente.

Diferentes pueblos a lo largo y a lo ancho del planeta, tienen algún mito de origen,  a partir del cual esa sociedad se establece como tal, y en el cual una falta o un error  femenino, justifica un castigo , una violencia masculina que se expresa desde entonces de diferentes maneras, siendo la sexual una más de ellas.

Los occidentales tenemos el génesis como ejemplo de ello, con Eva tentando a comer la manzana  del árbol  del conocimiento,  condenando a la humanidad a la historia, al sufrimiento terrenal,  y a la mujer, a parir con dolor justificando su maltrato. Este mito con diferentes variantes se encuentra presente en muchas sociedades.

Cuando la palabra escrita no era una opción, esos mitos se necesitaban recordar periódicamente a través de los rituales para que las generaciones lo tengan presente. Hoy en presencia de un exceso de formas de comunicación, esos mitos utilizan otros mecanismos para poder reproducirse.

Y esa reproducción proviene muchas veces de las instituciones, y fundamentalmente de la justicia, organismo que apoyado en la moral patriarcal, esconde algunos sujetos tan peligrosos como los mismos agresores, y que posiblemente utiliza a ciertos medios de comunicación, incluso bien intencionados, como mecanismo de reproducción de un mensaje donde el lenguaje utilizado muestra una fuerza fundamental.

Si nos detenemos en la expresión violación en manada,  podemos advertir que se está utilizando un substantivo colectivo correspondiente a los animales, asociado a un grupo de individuos. Esto permitiría tomar distancia de la agresión, y asumir que eso no nos pasara a nosotros, los humanos “normales” porque es un hecho de la animalidad, sin advertir, que en la mayoría de los casos los abusos son intrafamiliares, y ese agresor podría ser su padre, su hermano, su hijo.

Por otro lado, considerarlo como un desahogo sexual cumple tres efectos complementarios, primero, minimiza el hecho relacionándolo con una necesidad fisiológica natural; por otro lado, anula el análisis político y social de un hecho violento , que incluye a toda una sociedad  e involucra al poder y a sus instituciones que poseen el ADN   patriarcal ; y en tercer lugar, y no menos importante , asocia directamente la violencia a la sexualidad , fortaleciendo en la sociedad ese mensaje tradicionalista y dogmático del cuerpo como expresión de lo profano y a la sexualidad como algo a reprimir o esconder.

Mientras la educación sexual sigua estando limitada a enseñar la sexualidad de la que se “debe” hablar, y no la que necesitamos; y las instituciones continúen mostrando la dificultad de autocrítica y cambio, somos los ciudadanos y ciudadanas  quienes podemos generar ideas, debates y movimientos pacíficos que permitan mostrar otra posibilidad de análisis que facilite finalmente que la justicia no desaparezca en manos del derecho, y el lenguaje en manos de los poderosos.

E.P