REFLEXION DEL LUNES 11/05/20 – Por Eduardo Pelufo

El día después

Una de las múltiples incertezas que surge, fuera de las estadísticas que abstractamente cada hora suman un muerto más al mundo  e  ignoran una cantidad poco matemática de dolor, es, cómo será el día después de esta pandemia, y fundamentalmente, como se recordara la misma.

Utilizando la mirada antropológica, y viajando hacia atrás en el tiempo, recordé historias sobre los aborígenes, y su supuesta vida precaria, el salvajismo de esos casi humanos,  la conquista del “desierto”,  y tantas otras narrativas, que desde la hegemonía del poder convertida en educación, nos fue diseñando una visión del mundo  en  las mentes de la sociedad occidental.

Muchas matrices de desigualdad se fundamentan en un discurso histórico como base de su estructura, así son ejemplo el género y la raza, dos de las discriminaciones  más arraigadas y naturalizadas de la historia de la humanidad, y sobre la cual se montaron gran parte de los niveles de crueldad que conocemos.

Esta introducción, apunta a reconocer que el discurso  sobre lo que paso, o sea la historia, es en casi todos los casos,  una interpretación interesada de lo sucedido, y que sin embargo, su poder, bien  conocido por  quienes lo detentan, hace que tome la entidad necesaria para considerarlo como verdad, quedando otras interpretaciones o historias, ocultas e ignoradas.

En estos días, y desde que se inició esta pandemia, estamos observando  la aparición de  diferentes discursos que ya están intentando capturar la narrativa de lo que está sucediendo.

Un pionero en los estudios pos-coloniales, Edward Said se pregunta en sus escritos, “¿quién va a tener el derecho a narrar el discurso?”

Estamos en presencia de  un hecho cercano a lo natural (un virus), cuyo significante es vacío, al que nosotros le agregamos un significado según nuestros prejuicios, intereses y capacidad de información.

En este contexto se van perfilando diferentes narrativas:

“Un virus Chino de laboratorio”; “Un plan para hacer desaparecer ciertos grupos sociales minoritarios”; “Una estrategia para limitar el crecimiento del poderío Chino”, más todas las intrigas que podemos leer en las redes, y hasta lo que días pasados leí en el diario:

«El coronavirus infectó sociedades humanas enfermas de neoliberalismo. La destrucción ambiental llevada a cabo por el capitalismo financiero liberó el virus. El irrefrenable impulso de los dueños del capital produce una espiral que se retuerce engullendo a la sociedad»…

Posiblemente alguno de estos enunciados pueda hacerse más fuerte, incluso con pocos argumentos, sin embargo, ¿la contradicción entre varios de ellos, permite que  puedan coexistir?

Creo que debemos aprovechar el tiempo, ese factor que normalmente sentimos que falta en nuestra vida agitada y absurda, menos talvez para torturarnos con noticias interesadas, y más para abrir los ojos, y reflexionar sobre  lo que pasa a nuestro alrededor, resistiéndonos a la pasividad.

Uno de los ámbitos donde la resistencia muestra al mismo tiempo su efectividad política y esta posición cultural compleja, es el de la representación simbólica, donde la instalación de voces propias, constituye una subversión de la ideología dominante. Sin lugar a dudas, esta es una disputa de poder, y sería una meta a lograr que la historia de esta pandemia muestre  como en el Talmud,  los discursos  triunfadores, pero también aquellos de quienes nunca son escuchados o peor, silenciados.

Recordemos que el silencio es una figura cómplice en el andamiaje de una historia cargada de desigualdades, por lo que es muy importante que aparezcan voces que no se tienen en cuenta en los libros. Esas voces, son las de quienes individualmente en lo simbólico podrían tener menor valor, y que sin embargo, en lo comunitario  representan esa parte de la verdad que no figura en ningún texto.

La idea no es reemplazar la voz del otro, sino que otra que no aparece, se haga visible.

Creo que cada uno de nosotros desde nuestro lugar de minúsculo poder debemos hacer el esfuerzo de darle forma y acción a nuestra narrativa, porque caso contrario, esa verdad inexistente, pero cercana a la suma de múltiples interpretaciones, nunca llegara, y  terminaremos aceptando la conocida afirmación de Walter Benjamín:” La historia la escriben los que ganan”, sin darnos cuenta, que en esta, los protagonistas y autores del libro, somos nosotros.

E.P