SKYPE 2016 por Alejandro Ferreiro

Llegó a su boliche preferido, se detuvo en la puerta, por un instante apartó la vista del celular y observó todo rápidamente. Como de costumbre, animoso, se dispuso a ser uno más  en la algarabía  juvenil reinante. Pero el demandante sonido de la llamada lo enfrascó nuevamente en su celular. Sí, por supuesto era ella, su nueva pareja, su novia, su amante, su ardiente metejón, su amor para siempre, por estos días. Desde la pantalla  el rostro jovial, un guiño en sus ojos verdeazules, una pícara sonrisa, y la voz algo metálica distorsionada por los equipos, le dieron las buenas noches. Arrobado por la seducción de la imagen se dirigió como un autómata recorriendo el camino de memoria, sin tropiezos hasta la mesa de su rincón íntimo, se acomodó en la silla habitual y por supuesto, sin levantar la mirada de su cajita mágica. Desde su tablet de última generación también ella le hablaba embelesada. Todo en él le gustaba, su pinta deportiva de pilar de Los Pumas, su andar despreocupado y sobre todo esos ojos negros que le hacían sentirse  desnudada por ese mirar tan sensual. En fin todo en él le caía bien, la seducía tanto  como para atreverse a tener una aventura, una historia con final abierto. Él, mientras degustaba su trago favorito y  admiraba en ella su belleza bidimensionada, le envió una catarata de picantes mensajes sobre los ojos color del tiempo, el rebelde bucle sobre su frente, y sus sensuales labios. Una atracción especial le generaba el profundo escote en ve del suéter salmón que dejaba ver pendiendo una amatista que ornaba la tersura de su piel. Ella, con malicia, cada tanto jugueteaba, con la joya,  llevándola distraídamente hasta su boca y con provocativa sensualidad, asomaba la punta de su lengua rozándola, sabía que con este recurso lograba cautivarlo. Cuando él arrimándose a su celular, le murmuró lo que le despertaba ese supuesto tic del pendiente, ella, dejó caer la gema en su cuello hasta al nacimiento de sus soberbios senos, y enfocó su Tablet al estrecho enjoyado y deslizó un tanto su camarita hasta que en la pantalla se insinuara el dibujo de los turgentes pezones tras la elasticidad de la tela de nailon. Él, acalorado se sacó su campera de marca, y como al descuido desabrocho algún  batón  de la camisa azul blue. Ella se sintió  erotizada por la musculatura de gimnasta de su amante virtual.   Ambos excitados, quisieron atesorar esas visiones subyugantes en sus memorias, (digitales por supuesto). Fue ella quien primero propuso el intercambio de imágenes para ver como cada uno veía al otro y le pidió además que le mandara la foto de un beso  para  guardarlo como fondo de  pantalla. Ambos enviaron sus mensajes pixelados y retornaron a su  juego de seducción por Skype. De ahí en más los diálogos y los gestos enviados por ambos se impregnaron de provocativa sensualidad. Ella encantada escuchaba las susurrantes propuestas eróticas; y mientras lamía su helado en la actitud más provocativa qué sabía y dejaba deslizar su mano izquierda  hasta sus entrepiernas, él, tratando de gesticular como un galán  Hollywoodense, daba rienda suelta en palabras a sus fantasías más voluptuosas. Fue en medio de este intercambio de mensajes que él, incómodo con su erección  se movió en su silla rozando involuntariamente la pierna de ella. Hecho que motivó el único cambio de palabras de esa noche sin mediar la electrónica. Ella, malhumorada dijo sin mirarlo:   -¿Qué haces?…… no me distraigas. Él, en voz alta, sin dejar de atender a su Samsung contestó:  – Disculpame, apenas te rocé,  fue sin querer, después te chateo y te pido perdón con mil emoticones. Volvieron ambos a sumergirse en el compartido ciber- mundo; la ardiente conversación se prolongó lo que duró el  happy hours del lugar. Ambos acordaron cortar la señal de Skype al mismo tiempo. Ella como despedida, dejó impreso en carmín la huella de sus labios sobre la pantalla. Él le respondió al gesto sensual, recorriendo con su lengua su labio inferior como paladeando el sabor de aquella boca deseada. Pagó sus  dos cocteles y el par de helados de cucurucho de su anhelada compañía. Se pusieron de pie simultáneamente, y al salir entre el tumulto del bar por un instante apenas se rozaron nuevamente sus cuerpos; pero ni siquiera lo notaron, demandaba la atención de ambos, una serie de Imperiosa llamadas entrantes.

Alejandro Ferreiro

11/2016