CUARENTENA: MEDITEMOS QUE AÚN NOS DEJAN por el prof. Alejandro Ferreiro

Estimados amigos y otros: en una conversación (telefónica por supuesto) con la inefable Licenciada Boschi,  Isabel para los amigos, surgió el tema de la vejez en la pandemia. Como es habitual en ella, me conminó sutilmente a poner por escrito uno de mis acostumbrados dislates, cosa que una vez más me puso en apuros ya que no distingo con precisión lo rescatable de mis dichos, pero lo intentaré:

Aclaro que con mis palabras no pretendo arrogarme la representación de ningún grupo etario. Simplemente expongo los pareceres de algunos de mis congéneres, actuales padecientes  pandémicos, entre los cuales me incluyo. Pensando en nosotros, Los Viejos, observo que en esta crisis, de alguna manera, nos hemos transformado  en un problema mayor al que ya éramos.                                                                        Analizando  la sociedad occidental pre corona, se percibe que si bien el tema de la vejez llamada con benevolencia “tercera edad”, no estaba resuelto, al menos lo aparentaba mediante una  visión sectorizada un cierto equilibrio, organizada,  a mí modo de ver, más o menos así (Con perdón de los sociólogos):

Mayores imprescindibles(Los intocables): Intelectuales ilustres, científicos eminentes, magnates pródigos, ejecutivos expertos, juristas beneméritos, estadistas insignes, líderes preclaros, etc. y en algún caso hasta ciertas majestades simbólicas.

Mayores necesarios (Mejor que estén donde están): son los veteranos de larga trayectoria y experiencia; médicos, administrativos, dirigentes gremiales, abogados, políticos, creativos, religiosos, ingenieros, periodistas, artistas,  jefes y directores de instituciones y artesanos, técnico, y expertos, sin reemplazo,  en fin, cada uno en lo suyo profesionales de valía.

Adultos consumidores(Los ancianos también son un negocio): En este caso se incluye a todos los mayores que movilizan la economía demandando, usufructuando, adquiriendo; que requieren de sistemas de salud, de fármacos, de personal doméstico, de rehabilitación, de alimentos y  equipamientos para mayores, geriátricos, etc. y además son grandes consumidores de turismo y recreación específica para el sector.

 Abuelos útiles (No aportan mucho pero sirven): Mayores vitales que si bien no son imprescindibles sirven al sistema,  son los cuidadores de nietos, a cargo de niños y adolescentes, a veces de otros ancianos. Tienen participación activa en organizaciones comunitarias, cetros de jubilados, clubes, sociedades de fomento, etc. personas mayores en actividad.

Ancianos demandantes (Son muchos y complican): son aquellos que necesitan de cuidados del entorno social o de sistemas sanitarios estatales o privados. No producen, por lo tanto son una carga para la comunidad. En el mejor de los casos están sostenidos por la contención  familiar.

Viejos marginales (Si se puede se hace algo  por ellos  y si no se mira para otro lado): Son aquellos que el sistema elude, que no viven solo duran, carentes de todo, que requieren máxima atención  pero que no la reciben,  Que están absolutamente solos o ignorados  y que habitan espacios miserables como ocupas en villas, conventillos, algún hospicio de cuarta o en la calle. Sector que socialmente se auto elimina.

Pero llegó el vertiginoso virus pandémico y en un par de meses trastocó el mundo con un terror digno de una serie de Hollywood. En este presente,  por primera vez la humanidad está confinada en su propio planeta, no hay a dónde huir….La cosa que hace a este virus sumamente interesante es su efecto devastador e igualador (“en el mismo lodo todos manoseados”). ¿Acaso será  anarquista?

Ante este caos los gobernantes de cada Estado, mayormente optaron por consultar con gente experta: algunos con científicos especializados primero y con economistas augures después;  pero otros liderazgos  invirtieron el orden. En consecuencia se generaron diferentes estrategias de lucha. Pero ahí en medio, también estábamos nosotros Los Viejos, que para mayor complicación somos los más vulnerables ante esta epidemia. ¿Entonces qué hacer con los viejos?

En principio la mayoría optó por tratarnos con la consabida demagogia: “abuelos  queridos”, “nuestros amados mayores”, “los ancianos son la prioridad” “hay que proteger a nuestros seres queridos”·, etc. etc. Pero nosotros que no somos tan giles decodificamos el mensaje y éste era: los viejos a invernar  y que no jodan, si es posible freezarlos hasta la primavera y si se contagian por ir a cobrar la puta jubilación, a morirse abrigaditos y en casita. Porque el tema no es que nos muramos, eso es lo de menos; lo importante es que no ocupemos las camas de los hospitales, y mucho menos los respiradores, pues ya se sabe que si escasean y hay que optar entre dárselo a un viejo o un joven, con todo el cariño para el viejito se lo darán al joven, cosa que me parece justo, aunque no me guste; (nosotros ya hicimos lo nuestro)  pero eso sí, no nos engrupan más. De todos modos no nos vamos a rendir al menos sin molestar todo lo posible.

Pero todo esto es hoy; sobre el mañana son solo conjeturas: aparentemente nadie sabe a ciencia cierta qué puede ocurrir aquí o en otras partes, en el futuro inmediato y ni hablar del mediato. La angustia generalizada que produce tal situación  la sociedad en parte la combate con mensajes mediáticos optimistas tales como;  “de ésta vamos a salir distintos y mejores”, “nos vamos a querer más”, “aprendimos  la lección”, “vamos a cuidar la naturaleza”  “ en el futuro habrá libertad, iguales y  fraternidad” (¿me parece que esto último ya lo prometieron antes?).

En nuestro país como en otros, para estimular a los coterráneos nos prometen  que del  aquelarre vigente vamos a salir hacia la utópica normalidad,  retomando la actividad en forma ordenada y progresiva, dando prioridad a la puesta en marcha de la economía para promover el bienestar general,  relegando para el final el otorgar una libertad condicionada a nuestros queridos viejitos  (los que sobrevivan).

Estas quiméricas propuestas me llevan a mí, “terceretario” militante a formularme  una serie de preguntas, algunas relacionadas con el presente, otras para después de la cuarentena, cuando nos den “la condicional a Los Viejos”.                                                                            Las preguntas para el ahora serían:

  • ¿Cuántas restricciones más nos exigirán por el bien nuestro?
  • Ya que nos limitan las salidas, ¿pondrán en orden las actividades permitidas?
  • ¿Tendremos seguridad y eficiencia para nuestros trámites imprescindibles?
  • ¿Nos brindaran seguridad hogareña si la pandemia se desborda?
  • ¿Quién es el responsable directo de nuestro bienestar básico?

Teniendo en cuenta que cuando salgamos ya estará  la sociedad en plena actividad.  Las preguntas para el después son:

1) ¿Qué entorno encontraremos?

2) ¿Cómo nos sentiremos ante la nueva realidad?

3) ¿Se habrá perdido mucho de nuestro mundo cotidiano?

4) ¿Cómo seremos recibidos en el afuera?

5) ¿Seremos bienvenidos o seremos los zombis urbanos?

6) ¿Nos adaptaremos fácilmente a los nuevos cambio sociales? (si es que los hay)

Luego de meditar el significado de estas incógnitas durante mucho tiempo;  ya que por estos días, es lo único que me sobra, llegue a la siguiente conclusión:

 Váyanse todos al Carajo y déjenos  disfrutar de lo que nos queda de vida o permítannos  irnos dignamente.   

                                                                                      Af, 16/ 04/2020