Diacrónica

Era Viernes, podía haber sido Lunes o Jueves, para Pérez daba igual.
El tedio de las cinco de la tarde era el mismo ya fuera Lunes o Viernes, pero era Viernes y eran las cinco de la tarde.
La señorita Lujan adoraba los Viernes, los Sábados de tertulia no estaban mal y los Domingos de paseo después de misa hacían del Domingo un día particularmente alegre, por el paseo, claro está. Pero los Viernes, por alguna razón o por alguna causa que dista enfáticamente de lo razonable el Viernes era un día especial.
Probablemente habría puesto ese mismo pie en ese mismo lugar a esa misma hora ciento o miles de veces, pero esas absurdas estadísticas estaban muy lejos de las preocupaciones de Pérez, solo se dejaba arrastrar hasta ese banco del bulevar.
Tuvo que recoger su vestido por encima del tobillo, la señorita Lujan no estaba en contra del progreso del que tanto hablaban pero, que costaba colocar los adoquines retirados en un solo lugar. Pero era Viernes y eran las cinco de la tarde y nada ni nadie le impediría llegar a “su” banco en el bulevar.
Pérez chequeaba cientos mails y enviaba otros cientos cada día con el mismo automatismo de la computadora que usaba, J amas dudaba, jamás se cuestionaba nada, ni siquiera por ese cambio en su rutina que hasta ese Viernes nunca había advertido. Solo los Viernes retrasaba su regreso puntual para demorarse en ese banco del bulevar. Tuvo que vencer la imperiosa necesidad de no pensar, de no preguntarse, de olvidar.¿ pero de no pensar en que, de olvidar que?
Solo sabía que era Viernes y que eran las cinco de la tarde y que por alguna razón estaba allí, la señorita Lujan se preguntaba si ese extraño impulso seria un síntoma de soledad, alguna forma de locura o el aviso de su ser interior de que un Viernes de estos a las cinco de la tarde de algún lugar, de alguna manera alguien llegaría a ese banco del bulevar.
Y llegó, respondiéndose que todo ese tedio no era más que soledad. Pérez miró el banco y se sintió distinto, era Viernes, eran las cinco de la tarde. Jamás había notado lo hermoso que era el bulevar. Casi se podía adivinar que algo mágico iba a suceder, algo finalmente iba a cambiar, Era Viernes pero ya no eran las cinco de la tarde y el bulevar siguió siendo el bulevar y la señorita Lujan antes de regresar por la calle a medio adoquinar tuvo que dejar pasar dos carruajes que torpemente esquivaban las obras que con gran pompa anunciaban que pronto al igual que las grandes capitales del mundo Buenos Aires tendría Tranvía.
Pérez miro la hora en el celular y vio que las cinco habían pasado hacía rato, esta vez no tomaría el subte, descendió al asfalto, tropezó con los vestigios de la vía de un tranvía que hacía décadas había pasado por última vez.

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