El escape de Abdías

EL púber había aprendido que la oración y el ayuno serían  sus
compañeros de la vida. Que la celda  y la capilla, los lugares obligados. Que no tendría  las amantes de su padre ni pensar en la glotonería de su madre.

No por propia voluntad, su destino fue marcado. Sería seminarista.

Faltaba un año para cambiar sus trajecitos de pantalón corto por la vestidura franciscana con su cuerda como cinturón y las hojotas.

Sus padres le regalaron el rosario,  que tendría que rezar todos los días, igual que los ciento cincuenta salmos de David, en un librito aparte extractado de la Biblia,  que era muy pesada e incómoda para caminar con ella.

El humo de la chimenea le avisó que el invierno era huésped de su ciudad natal, tal vez por un mes más, y el año próximo, en las mismas circunstancias estaría preparando su maleta.

Abdías guardó sus pocas pertenencias y caminó hasta la estación de trenes que lo llevaría al seminario Y como todo en la vida era costumbre y él era muy joven, como le repetía su padre, mientras tomaba copas de brandy, se entregó con la delicadeza de un ángel y  con la simpleza de un bizcochuelo de los que hacía y devoraba su madre con una rapidez única.

Pero el diablo metió la cola y su rebeldía de mozo irreverente, que no se sabe como se le metió en el cuerpo, lo hizo saltar del tren.

Así fue revolcándose  de pueblo en pueblo, de esos con gusto a perversión.

A los padres les avisaron por cartas que el niño no había llegado. Buscarlo fue inútil.

Las noticias tardaban en llegar, y sus posibles apariciones en diferentes lugares eran las de un desconocido.

Se sabe que Abdías falleció de un fuerte resfrío y que fue feliz.

Liliana noronha