Lo que Silvia dijo. Y Bastante parecido

Bastante parecido

Mis pies se hundían en la arena húmeda mientras yo trotaba siguiendo la linea de la costa por esa banda que apenas humedecen las olas ya fatigadas y en ese momento en el que los ya escasos turistas del mes de Marzo aun no se atreven a invadir la playa. Vivo en un pequeño departamento cercano a la avenida costanera. Pocos ingresos y nada de ahorros, pero mis libros se están comenzando a vender y eso me da un respiro. A mí y a Silvia, que ahora duerme junto a nuestro hijo y que para cuando yo vuelva a casa habrá terminado de amamantarlo. Yo sigo trotando. Una vez que haya cumplido con mi programa cruzaré las dunas y saldré a la calle. Calzado con las zapatillas que cuelgan de mi cuello iré hasta la panadería para regresar a casa con unas medialunas de grasa o con unos vigilantes con crema pastelera y dulce de membrillo. Depués del desayuno con Silvia y Hernan saldré al balcón con la pequeña computadora portatil y me pondré a escribir.
Casi nada de esto ha sucedido o está sucediendo, pero el solo hecho de imaginarlo y escribirlo me produce algo bastante parecido a la felicidad.

Lo que Silvia dijo.
Amo a Bobby. Amo a nuestro hijo Hernán. Bobby se levanta temprano y se va a trotar a la playa. Se supone que me quedo durmiendo cuando él se levanta y sale intentando no hacer ruido y que yo tardo un buen rato en despertarme. Entonces, bien descansada, pongo a calentar el agua para el mate con el fuego bien bajo y le doy de mamar a nuestro hijo. Bueno, es lo que él supone, si tengo que juzgar por su último texto. Son muchas cosas para suponer. Que en un pequeño departamento de dos ambientes, en realidad uno solo dividido por un tabique, uno se pueda mover sin despertar a los demás, aunque lo haga con gestos sigilosos es difícil de creer, pero él se lo creía y yo decidí dejarlo en esa idea. Claro que entonces me sobraba tiempo, desde que estamos aquí me sobra el tiempo, lo que no es bueno, en realidad es casi tan malo como que no te alcance. La iniciativa de mudarnos aquí estaba justificada, era la única forma de que nos alcanzaran los escasos ingresos de Bobby mientras él se abría paso. Y son magros, no tengo más que mirar el piso de lajas de piedra negra para recordarlo, porque los pisos de piedra negra resquebrajada son hermosos pero se ensucian con el polvo que traemos de la calle y si uno no los limpia la suciedad se acumula y si no podemos gastar mucho en cera resulta que la mayor parte del tiempo están hechos un asco. Y resulta que tampoco tenemos suficientes ingresos para pagar la televisión por cable y la mayor parte de mis libros los dejé en casa de mi hermana y los extraño tanto y también los libros quedan algo fuera de nuestro presupuesto y aunque no fuera así resulta que los únicos que venden son best sellers y me gustaría tener en mis manos Misteriosa Buenos Aires de Mujica Láinez o alguna novela de Alicia Steimberg. Estuve buscando en una librería de libros viejos pero nada, son más baratos pero siguen siendo eso, best sellers ¡Lo que daría por el ejemplar del Quijote que me regaló papá para cuando terminé el secundario! La verdad es que no lo abrí por mucho tiempo hasta que un día, misteriosamente, apareció en el bolso entre la ropa cuando me fui a pasar una quincena con los tíos en su quinta en San Antonio. Empecé a leerlo por las tardes, sentada en la galería matizando así los chapuzones que me daba en el tanque australiano. Para mi asombro descubrí que era divertido. Pero nada de eso. O bestiaselers o alguno de los libros que se trajo Bobby, pero ya me los leí todos, salvo el Ulises de James Joyce, que siempre acaba ganándome antes de las primeras doscientas páginas. Y así son las cosas, amo a Bobby, amo a Hernán pero extraño terriblemente a mis libros, mis amigas, mis tardes de domingo recorriendo los puestos de libros del parque Centenario. Así las cosas resulta que una mañana, después de que Bobby salió a correr y le di de mamar a Herni el tiempo se me hizo muy largo y el departamento muy chico así que encendí la computadora, lo que en sí no es nada raro porque es de los dos pero como tampoco tenemos internet entré en uno de los archivos de Bobby, una novela que está escribiendo ¡Fue como mirar las piezas de un rompecabezas! Cantidad de textos sin aparente relación entre sí. Un archivo con frases más o menos ingeniosas, otro con los datos biográficos de varios personajes, un cronograma ¿Funcionará así la cabeza de todos los novelistas? ¿Mujica Láinez haría lo mismo? Recordé Rayuela, la extraña y laberíntica novela de Cortazar ¿Tendría un plan maestro Bobby, o improvisaría sobre la marcha? Apagué la compu y puse agua a calentar. Decididamente lo del suelo era inaguantable. Pasé la escoba, no sé por qué en algún momento habíamos pensado que una aspiradora era un lujo decadente ¡Me cago en Satanás! ¿Que una mujer no maldice así? ¿Quién lo dijo? Podemos y peor. El asunto es que Bobby llegó con las facturas y nos sentamos a matear. Herni reclamó atención y tuvimos que alzarlo y el mate se enfrió. Mordí una medialuna y le dije que no me gustaba.
– ¿Qué es lo que no te gusta, las medialunas de grasa? – me preguntó.
– La factura de ahí, eso es lo que no me gusta.
– ¡Pero la otra panadería abierta está a más de veinte cuadras! Las otras ya cerraron.
– Y bueno – le respondí poniendo una sonrisa maternal, como de madona mirando al niño Jesús – o corrés un poco más o seguiremos comiendo esta basura.
En realidad no era tan mala, pero algo me estaba volviendo loca, seguramente el piso era lo que me desequilibraba, y el tamaño del departamento, y las ausencias. De mis libros, de mis amigos, de mis calles y ¿por qué no? de mi peluquera. Al menos de una peluquera. Porque en tren de ahorrar no íbamos a la peluquería y Bobby se sujetaba la cabellera con una gomita y parecía un vikingo. Pero es sabido que el pelo de las mujeres requiere de más cuidados y el que no lo sepa que se vaya enterando así no se sorprende en un hipotético futuro de convivencia heterosexual. Otra mañana volví a encender la computadora y encontré ese texto en el que Bobby es feliz corriendo en la playa, en realidad lo que dice es que es feliz imaginando y escribiendo eso ¡El poder de la literatura, los placeres del vicio de escribir! A él lo hacía feliz escribir ¿Qué es lo que me hace feliz a mí? Tentada estuve de preguntarle porqué había dicho que estaba imaginando lo que en realidad sucedía. Pero no, intuyo que no es tan negador como parece y que él sabe que esa armonía no es tan armónica. Sobre todo por lo del piso, no puede ser que no se dé cuenta. Aunque no, no debe darse cuenta porque el otro día fuimos a hacer la compra y se negó de plano a comprar cera líquida. El supermercado es enorme y moderno pero da tristeza porque casi no hay clientes y la mitad de las cajas están cerradas. Afuera la avenida se ve casi sin coches. Fuimos a la librería que hay justo en la entrada del super para mirar de ojito los titulares de los diarios de Buenos Aires y nos pusimos a conversar con el despachante.
– ¿Dónde podemos conocer gente y hacer amigos? – le preguntó sin rodeos Bobby.
– Bueno, está el Club Cosmopolitan – era un hombre grande, de pelo entrecano y gesto amable pero reservado – pero les va a costar.
– ¿Por?
– Porque a los turistas los queremos y los miramos bien, pero realmente los sentimos como extraños.
– ¡Pero nosotros nos hemos quedado a vivir aquí, ya no somos turistas! – respondí con un enojo mal contenido.
El librero exhibió una gran sonrisa, mostrando una dentadura que me pareció enorme y blanquísima.
– Después de dos o tres años vas a poder decir que ya no sos un turista. Para los lugareños, mientras tanto, es lo que sos.
Y la expresión de Bobby cuando saqué la cera del estante, me miró como si fuera tonta y me preguntó si verdaderamente necesitábamos “eso”. Sí, hay ocasiones en que mucho es mucho. No dije nada, sólo lo miré con mi mejor sonrisa angelical y le respondí que no. No, querido, dije. Pero mi mente puede trabajar lento pero no deja de trabajar nunca. Porque claro, parecería que Bobby piensa que con apoyarlo a él en su proyecto y criarlo a Herni ya es suficiente para mí, pero es que yo no pienso lo mismo y en esto lo que yo pienso tiene su importancia.
Mañana siguiente. Vuelvo a encender la compu mientras Bobby corre, vuelvo a leer alguno de sus archivos, pero claro que mucho no habían variado del día anterior. Resisto la tentación de corregir algunos “defectitos”. Algo debe haber en eso de que escribir te da una forma de felicidad. Me dieron ganas de probar, pero decidí que no tenía ganas de que Bobby leyera lo que yo pudiera escribir, para espía ya estaba yo, así que me hice el propósito de aprovechar el paseo de Herni, pobrecito, no se iba quedar encerrado, ni yo, así que lo saco casi todas las tardes a dar una vuelta, para ir a la tienda de computación y comprarme un pen drive. Después encendí la hornalla para calentar el agua, abrí la heladera y le di una mirada a los trocitos de grasa que había guardado en un recipiente hermético.
Avanzaba con Herni en el cochecito y con el corazón alegre y hasta saltarín. El otoño había llegado y las hojas de los árboles que adornaban la calle mezclaban los amarillos con los marrones, los ocres y el rojizo. Siempre me gustó el color del follaje en otoño. Iba hacia la tienda a comprar el pen drive y pensaba en mis propias cosas. En lo que iba a escribir y en otras también.
Claro que necesitaba juntar un poco de grasa. A la semana, más o menos, tenía lo necesario. Bobby salió a correr, yo me levanté y después de darle de comer a Herni, me puse manos a la obra. A saber, sacar de la heladera el recipiente con grasa que había ido disolviendo y dejando enfriar para que se ablandara un poco, barrer bien y pasar la grasa por el piso con un trapo. También dejé caer un poquitito de azúcar en el borde del riel de la puerta que da al balcón. Ni se veía. Bobby volvió de correr con factura de la otra panadería, así que se había hecho las veinte cuadras nomás, y apenas entró vio el brillo del piso y me preguntó si había comprado cera.
– No – le respondí lacónica.
– ¡Pero está bárbaro! – dijo entusiasmado – ¿viste que no hacía falta?
– No, querido – asentí con, ustedes ya lo adivinarán, con una sonrisa angelical. Ahora solo quedaba esperar los resultados de la “limpieza”.
En el mientras tanto comencé a escribir. La nueva panadería me daba más tiempo por la mañana. Escribía y leía lo de Bobby. Ahí descubrí una cosa, lo de Bobby era mucho más laborioso que lo mío. En mi caso nada de archivos con distintos pasajes, frases ingeniosas ni biografías ni nada. Era como si él tuviera que bombear para extraer agua de una napa profunda y yo en cambio no tuviera más que abrir una canilla. Después tendría que podar, pero después.
Primero aparecieron las cucarachas. Me quejé, pero poco, incluso volví a pasar grasa. Las hormigas, ignoro la causa, tardaron dos días más. Pude ver que a Bobby le estaba costando seguir con su novela. Mis “amigas” hicieron su aparición cuando estábamos desayunando. Le paso el mate a Bobby y las veo muy atareadas justo bajo su silla. Se lo quité de la mano en el mismo instante en que pegaba un grito.
– ¡Mirá! ¡Mirá! – grité desaforadamente. Cualquiera podría pensar que era todo actuado. Pues sí. Y también no. Porque creo que en ese momento descargué toda la frustración de los últimos meses – ¡Ves lo que pasa cuando no se puede limpiar bien!
Hizo el gesto de que iba a decir algo, pero no era el momento de perder la iniciativa.
– ¡Qué! ¿Qué vas a decir? Si encima es donde te sentás vos, que siempre dejas caer todo cuando comés. Vos no pensás en tu hijo ¿Cómo podés dejar que crezca en medio de cucarachas y hormigas que lo van a picar todo? Ahora mismo tenés que ir a comprar lo que de verdad hace falta para tener esto como corresponde.
Bueno, en realidad esto es lo que me acuerdo que dije, pero me parece que me explayé un poco más, lo único que me quedó en el tintero fue decirle que en su casa su madre debía ser bastante mugrienta. Esas cosas ofenden. Pero se levantó y sin decir palabra fue al placar a buscar dinero mientras yo le hacía una lista. Líquido limpiador concentrado, lavandina, cera líquida, raid para cucarachas y hormigas, un trapo de piso nuevo y un balde. Esbozó una protesta, pero fue verme la mirada y salir a la calle sin chistar. Entonces se largó a llover. Casi enseguida tocó el timbre, yo había trabado la puerta, se la abrí con el paraguas en la mano. Lo tomó sin decir nada. Entonces, bien tranquila, me senté a escribir en la cama con Herni, bueno la verdad es que a Herni lo tuve que calmar porque estaba llorando, como decía, con Herni a mi lado.
Cuando sentí la llave cerré la compu y tomé en brazos a Herni, que se puso a llorar nuevamente.
– Aquí te traje todo – dijo, mientras entraba empapado y con el paraguas roto.
– ¿Me trajiste? – me imagino que mi mirada debe haber sido bastante fuerte, porque se quedó mudo esperando su condena – Vos hiciste esto, a vos te toca limpiarlo. Sacá los muebles al vestíbulo, barré bien, mezclá el limpiador con agua en ese bonito balde que trajiste y pasalo con un trapo. Esperá que se seque y pasá una franela con la cera líquida
Me fui a la cama con Herni y dejé que el ruido de Bobby limpiando nos arrullara. En realidad nos dormimos, nos despertó Bobby cuando terminó y vino a tirarse junto a mí. Y a mí me dio ganas. Vaya a saber cuál fue el mecanismo psicológico que las desató, si el sentirme en control o que pensara que se merecía un ”premio” o me diera ternura verlo así agotado, me inclino más por la primera causa, pero me dieron ganas. Casi sin pensarlo habíamos quedado en posición “cucharita”, así que no tuve más echar mi trasero para atrás y frotarlo un poco contra la parte correspondiente de la anatomía de Bobby. Bobby gruñó y se puso boca arriba. Yo me giré y comencé a acariciarlo con la mano ¡Tenía ganas de coger e iba a coger! Y cogí y lo disfruté, aunque en un momento dado Bobby me miró como si estuviera loca. Mejor.
Así, una vez establecido quien mandaba en casa las cosas siguieron sobre rieles. Escasos de dinero, sin amigos ni conocidos ni televisor, pero sobre rieles. El escribía lo suyo y yo lo mío. Y así.
Llueve, hace varios días que llueve. Herni no sale a pasear, Bobby no sale a correr y caminar las diez cuadras hasta el mercado da pereza. Igual habrá que ir. Bobby mira por la ventana.
– Extraño los atardeceres de Buenos Aires. Cuando veíamos desde el balcón los techos de las casas pintados de rojo – dice y me mira – Se nos está acabando la plata. Casi no queda. No logro terminar bien la novela. Los personajes femeninos.
– ¿Qué pasa con tus personajes femeninos?
– Son demasiado lineales.
Era verdad, le ofrecí mi ayuda.
– Por la plata no te preocupes, mañana llega el giro de adelanto por mi novela.
La mirada de asombro es de exposición.
– Se llama “Mientras Alfredo escribía”.
– Ah ¿Y si nos volvemos a Buenos Aires?
Recordé lo que me dijo papá cuando se enteró de que nos veníamos aquí. Mirá Silvia, uno de los dos tiene que tener sentido común, tratá de ser vos porque me parece que Bobby no tiene cura.
– Ni locos, ahora vamos a seguir aquí y vas a terminar tu novela.
Tengo que decir que mis personajes masculinos también son un poco lineales ¿Pero es que los hombres son un poco así, no?

Ramiro de Benedetti

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