CESAR EL SOLDADO

Cuando terminó la guerra perdida, el inspector Garrido fue a buscarlo.  

Cesar yacía desnudo y congelado. Su rostro de ojos grandes y vidriosos reflejaban el ambiente montañoso como una falda claro oscura en la que el viento dibujaba diferentes tramados.

Su cabellera  rubia y rígida por la escarcha de una tormenta reciente, la cubría junto al cuerpo como una manta natural de puro algodón blanco.

Una pequeña tienda había sido su morada en la que todavía conservaba algunos alimentos, herramientas y abrigo.

Su vida fue breve como un capítulo más del  libro de la historia de la humanidad. Sólo tenía veinte años.

Garrido sintió la tristeza y la indignación de haberlo dejado ir, mientras las montañas le señalaban su grandeza y el viento helado le dolía en la cara. Lloró hasta congestionarse  y con un pañuelo se cubrió la nariz fría. Luego escondió las manos en los bolsillos, estrujándolas, tiritando congoja.

Conocía a CESAR, estudiaba para ser piloto aeronáutico y fue convocado como soldado de Malvinas, queridas hermanas siempre disputadas. Creyó  que su patria lo enviaba a la muerte y su juventud esquiva lo obligó a colgar esa cruz. El miedo, el rechazo y el desacuerdo con las vehementes hostilidades se revelaron en toda su alma. Entonces escapó.

El inspector  fue compasivo  y lo ayudó. Cesar se exilió a los confines de Tierra del Fuego donde acampó en la ladera del Cerro Castor que  descendía como una catarata de tierra y piedras. Allí, donde escuchaba el canto de las nubes y de algunas aves, desafió al destino y a las armas en un reto por la vida que perdió.

 

Liliana noronha 2012-05-05