EL hombrecito del sótano

Bajo la alfombra Hindú del lustroso comedor se ocultaba una puerta de madera. Ella se confundía amablemente con los tablones de pinotea que  componían una sinfonía en el piso de la estancia.

Esa puerta secreta ocultaba un pequeño rincón al cual el hombrecito llegaba por una angosta escalera caracol. Bajaba al amanecer y al oscurecer, con una cómoda túnica de hilo. Dejaba el sombrero de ala que llevaba siempre, colgado en la silla, liberando su calvicie a los designios de la humedad del sótano.

Sentado en una silla, al lado de una pequeña mesa y de una salamandra, que casi nunca encendía, cerraba los ojos como si aquello lo apartara de la exterioridad y meditaba rodeado de sus murciélagos. Aquellos descansaban en sus hombros y hasta en su cabeza.

A veces el hombrecito los espantaba agitando los brazos hasta que su paciencia lo abandonaba, dejándolo llorando, enojado o temeroso. Pero otros días de debilidad, los acariciaba, porque desde su diabólica fealdad, eran atractivos; su única compañía y lo arrancaban de la soledad, el desamparo y el miedo. Del sótano ascendía un día enojado y otro condenado, por tener que soportarlos.

Fue un amanecer otoñal cuando unos pájaros blancos como palomas  lo siguieron a ese profundo lugar. Les había costado descender y tuvieron que escurrirse  apenas el hombrecito abrió la escotilla.

De inmediato encendió una vela, algo no acostumbrado en él. Aquella luz iluminó a los pájaros blancos que como un abrazo rodearon al hombrecito dándole aire fresco con su aleteo, mientras cantaban melodías alegres y piaban acariciando sus sentidos, despertando sus emociones y sacudiendo su espíritu maltrecho.

Los murciélagos resistieron desplazados en un rincón del sótano, cerca, la voz hostil del hombrecito los mantuvo confinados. Muchos se quemaron en el fuego de la salamandra, mientras que la llama del candil se hacía más alta y poderosamente atractiva.

El sitio iluminado fue consuelo del hombre por muchos años. La luz le mostraba la verdad, nada quedaba oculto, ni escondido, ni secreto. Los pájaros blancos miraban la ceremonia de la luz y luego ascendían con él las escaleras.

En el hombrecito se despertó la esperanza que lo rejuveneció; una alegría que convirtió sus arrugas en gratos gestos de madurez. Abandonó el sombrero y le creció algo de cabello.

 

Liliana noronha 2012-03-25

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