Ernestina Roldán

La vida ideal y fantasiosa de Ernestina Roldán abarcó todo su mundo por años-

En su casona del bajo Belgrano permanecía sentada en el sillón que miraba a la calle empedrada, cubierta de hojas  de otoño y recorrida por caballos que se dirigían al hipódromo de Palermo. Las lluvias eran copiosas en esa época y se sufría la humedad y el frío, por lo que Ernestina guardaba descanso y no pocas veces, cama. No soportaba sus pies rígidos y su dolorida espalda.

Apegada a una manía que la inducía a la felicidad completa, alucinaba dulces realidades, aunque no siempre ciertas.

Dependía de Eleonora, su sirvienta de años, quien en los momentos de trance de su patrona, aprovechaba para salir un rato de la casa. Tentarse y encontrarse con su novio era un plan de casi todos los días. Siempre en el mismo banco de la plaza bajo el ceibo.

Ahí en eternos arrumacos que llegaban a márgenes de inusitada violencia sensual, los corría del asiento hacia los largos escalones del anfiteatro, donde culminaban sus encuentros tendidos sobre el cemento gélido y a la vez, salpicados de sudor.

Mientras tanto Esmeralda, entre ensoñaciones, tomaba parte de una vida volátil. Era servida como una soberana, luego caminaba algunos pasos a través de los jardines cubiertos de espesa vegetación en forma de laberinto dibujando un sendero angosto por donde transitaba. Allí una tarde en una de sus visiones diurnas, apareció una cigüeña de plumas rosadas y blancas. De su pico colgaba un recién nacido envuelto en una mantilla. Alterada volvió a la conciencia. Abrió los ojos y allí estaba su sirvienta con el rostro enrojecido, los pómulos hinchados y una sonrisa en los labios, acomodando su blanca cofia y su delantal con ágiles manos.

Le pidió que sirviera la cena a las siete, cuando oscureciera.

Apenas Eleonora observó a la señora bajar sus párpados como persianas, descansar los brazos en el sillón y aflojar las piernas que le quedaban colgando, huyó por la puerta de la cocina hacia la plaza, perdiéndose en las calles de piedra.

No encontró a su amante sino hasta casi el amanecer entre la espesa neblina y la ansiedad de darle la noticia. Su carita alunada era la de una mujer encinta y de sus labios las palabras  eran únicas y en ese momento parecían sonar mas fuertes en aquel lugar inhóspito.

En tanto Esmeralda despertaba ilusionada. Había tenido una contundente percepción visual en la que se había encontrado con la cigüeña que descolgaba  la criatura a sus pies.  Cuando quiso saber si era para ella, el ave salió volando por los inconmensurables cielos y hacia lugares desconocidos.

Hacía años que había dejado de pensar que sufría demencias. Sería respetable y aceptada si convencia que era vidente, y con un niño sería como Isabel o Sara, madres ancianas de la historia.

Con el correr de las horas, Ernestina tardó en darse cuenta que su sirvienta no había regresado. Seriamente la buscó en la cocina y luego gritó su nombre varias veces hasta que abrió la puerta de sus dependencias. Sobre la cama había una esquela con la palabra: GRACIAS

 

Liliana noronha

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