Néstor D. Gil Ferreyra

(I)

 

Ayer mi mirada se encontró con tu mirada.

Yo te decía en ella un mundo de palabras.

Tú, quizás, no me decías nada…

 

En el bullicio del momento

te narré mis sueños

y encontré en tus ojos

nada más que silencio.

 

 

(II)

 

Me escapé, entonces,

un instante en el tiempo

flotando en un ensueño… :

¡Dulce encanto!…

por un largo sendero,

mis manos entre tus manos

entrelazadas,

caminábamos.

De la alameda, el rumor,

semejaba una cascada.

una lluvia de doradas alas

regaba el suelo.

Y el otoño de oro entre las hierbas,

y el cielo en el rocío plateándolo

…eran una blanca alfombra…

 

…Y caminábamos.

La sombra nos cubrió.

La luna despertó los duendes.

¡Murió el encanto!…

 

 

(III)

 

¡Oh, dulce murmurar de las miradas!

¡Oh, sueños de amor!:

Cuánto miedo

al dolor de los silencios

de las almas que se aman

…pero callan.

 

 

Néstor D. Gil Ferreyra

Bahía Blanca, 1965

 

—*—

 

 

 

Dices que duele el amor,

…y yo te creo,

porque siento que una pena infinita

desgarra mi cuerpo y mi alma

cuando no te veo.

 

Dices que duele el amor,

…y yo te creo.

Como dagas filosas y aviesas

Son las horas que paso en vigilia

esperando que un beso furtivo

compartido a escondidas

…me permita vivir otro día.

 

Dices que duele el amor,

…y yo te creo.

 

Pero qué importa que duela el amor

si ya está,

y nos unió,

…y por él,

tú y yo

¡nos hicimos NOSOTROS!

 

 

Néstor D. Gil Ferreyra

Bahía Blanca, 1985

 

 

 

—*—

 

 

 

PEQUEÑO ROMANCE DEL POETA ANCIANO

 

Caminaré, quizás muy pronto,

por vez postrera,

sobre las calles de mi ciudad querida,

novia de un mar

que besa sin descanso

sus grises faldas

sobre la blanca arena.

 

Caminaré, fatalmente, un día,

por última vez,

bebiendo vientos con sabor a sal

que me traerán recuerdos

de tantos años ya vividos:

aquella esquina,

este árbol

la casa de mi infancia,

la plaza con los flacos árboles de entonces

ahora frondosos y crecidos,

la primera novia,

el primer poema

…y todos los poemas de mi vida.

 

Caminaré, definitivamente, un día,

por última vez,

para después cerrar los ojos

y quedarme, a oscuras y en silencio,

para siempre… muerto.

quizás, entonces,

me acompañen las lágrimas

brillando en los rostros

de mis seres queridos,

aunque después, inevitablemente,

venga el lento y último paseo

por la empedrada calle

que lleva al cementerio,

en cuyas lomas

tantas veces junté peperina y  poleo

bajo el tibio sol

de las templadas primaveras.

 

¿Qué será de mí

después que haya muerto?.

¿Quién lo sabe…?

 

Seguramente mi cuerpo

volverá a ser parte de la tierra:

primero será cieno,

y después… será arena.

 

Y yo…

yo aguardaré encerrado

en un libro,

dentro de un poema,

hasta que alguien, no sé quién,

un día cualquiera,

lo hojee y …¡me lea!

 

 

Néstor D. Gil Ferreyra

Bahía Blanca, 4 de septiembre de 1997

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