PENSANDO AL OTRO

Sexualidad, verdad y libertad
Es un título que sin duda desafía a lo instituido y normalizado.
Hablar de sexualidad sigue siendo en nuestra época un tema que por lo menos deberíamos
analizar, porque, si prestamos atención a las diferentes fuentes de información, a las
conversaciones familiares, charlas entre amigos, cada día se habla más de sexualidad, pero, de que sexualidad hablamos?…Foucault diría que hablamos de la sexualidad que la sociedad y el poder quiere que hablemos, aquella normalizada, la sana, la buena……
Si seguimos por el segundo término,…verdad……que más actual que el pensamiento de
Nietzsche, quien diría, que la “verdad” es un ejército de metáforas…..”¿Podemos hoy creer en la verdad?… ¿no van cayendo las verdades una a una en algún momento?…
En un tiempo la gran verdad era que el sol giraba alrededor de la tierra,……….o que los
componentes de la materia eran aire, agua, fuego y tierra… o que la homosexualidad era una enfermedad……..por lo cual, podríamos cuestionarnos…..no es la verdad la mentira más eficiente?…
Libertad… ¿qué es la libertad?….. ¿Quién puede considerarse libre?….Seguramente el obrero en nuestra sociedad tiene una libertad que los esclavos de la Grecia antigua no tenían, porque en teoría el obrero de hoy no tiene dueño, pero ese obrero, ¿es libre de decidir tomarse vacaciones cuando desea?, ¿elegir como vivir?, o peor…. ¿es libre de crear?
La mujer hoy en el siglo XXI, ¿es libre de sufrir violencia?…. ¿el hombre de hoy está libre de ser esclavo de la tecnología?, las diferentes sexualidades ¿son libres de sufrir discriminación? ¿Somos libres de elegir?
Como podemos ver, estas tres palabras sexualidad, verdad y libertad, en forma individual son muy controvertidas, tanto, que si las tratamos de entretejer para analizar nuestro sistema social preguntándonos si podría existir alguna verdad absoluta para lograr la libertad de las sexualidades….llegaremos a la conclusión que es poco probable, por lo cual es necesario deconstruir esos conceptos y darles significados que tal vez no deberían haberse perdido.
Nuestra cultura ha pulverizado ciertos conocimientos de pueblos originarios por tildarlos de anacrónicos, ignorantes o por lo menos de fantasiosos, en función de poderes hegemónicos que naturalizaron instituciones construidas culturalmente.
Cuando en estas sociedades prístinas se organizaban para tratar de eliminar el nacimiento del Estado, o como ellos llamaban a esta situación: “el poder del uno”, los occidentales los acusaban de salvajes, sin embargo, la estrategia era que el poder distribuido en la sociedad se lo daban a administrar a un “jefe”, cuya característica principal era la falta de poder individual , y el cual debía rendir permanentemente justificaciones de sus acciones a costa de como mínimo, correrlo del cargo, y como máximo sacrificarlo. Ese poder obediencial rendía cuentas, eso implicaba que este jefe no tenía ninguna verdad, sino cumplía las acciones en función de una suma de interpretaciones grupales.
La política, la economía, la sexualidad y la espiritualidad, son conceptos que hemos creado
nosotros, los “civilizados”, pero que en estas sociedades, eran tan indistintos, que lograban llegar a cierto acuerdo, donde incluso, la reproducción de la sociedad, y el trato con la naturaleza, guardaban un equilibrio que les permitía en algunos casos trabajar tres horas diarias y dedicarse mucho más a expresar sus sexualidades y disfrutar del placer de sus cuerpos, incluso, dentro de ciertos parámetros marcados por rituales y “seres mágicos o espirituales.”
Hoy, nuestras sociedades democráticas están en una crisis, porque, tomando una frase de un filósofo argentino, podemos partir de una tesis, que: “si hay una verdadera democracia, no puede haber una verdad”, en todo caso habrá circulación de ideas, las cuales se irán re significando y tanto más, cuanto más nos encontremos con los que piensan distinto, porque hacer política para los que piensan igual, para los propios, no es hacer política, es hacer negocio. Hacer política, es que el otro, el diferente, la minoría, siga siendo “el otro”.
Eso implica, que exprese sus ideas, y que se pueda disponer de los mecanismos políticos
generándole los caminos para que sigan “siendo”, sin tratar de incluirlos, porque si se los incluye, con el pretexto de la famosas frases: “vamos todos juntos”, eliminemos las diferencias”, y muchas otras…, se los está desconociendo como un otro, y ese, es su principal capital.
Si existe una verdad, eso implicaria que aquellos que piensan distinto o que su cultura o
sexualidad es diferente, son dignos de, como mínimo educarlos, o curarlos, porque son, o ignorantes, o mentirosos o enfermos, pero como máximo serán exterminados, porque son
enemigos.
Quienes no creemos en que exista una verdad, debemos tratar de luchar contra aquellos que dicen tenerla, tratando que vaya despertando una reflexión crítica de la sociedad.
Para lograr esto, siguiendo a Roberto Esposito, debemos desapropiarnos de lo propio, y no hay tarea más difícil y dolorosa que desapropiarse de aquello que tenemos marcado a fuego por nuestra cultura, sin embargo, es un acto muy similar al acto de amor de un padre o una madre por un hijo, con la dificultad adicional, que hay que despojarse en ese acto de toda sensación de superioridad y orgullo.
Este pequeño ensayo, es una primera etapa de deconstrucción de tres términos fundamentales en nuestra cultura (libertad, sexualidad, verdad), que tenemos naturalizados, y que al deconstruirlos, ayudándonos de miradas filosófica y antropológica, nos permite, a través del lenguaje, re significarlos, logrando así ayudarnos a pensar, y quien sabe en un futuro no muy lejano hacer de la realidad un lugar donde potenciemos la diferencia y revaloricemos a ese otro que nuestra sociedad sigue negando.
Eduardo Peluso