Una visita

marioSabia que estaba mal, no enferma, pero sentía una leve astenia acentuada de pudor. La sensación de debilidad frente al mundo que me veía fuerte.

Es que Daniel vendría a cambiar el termo tanque  estropeado, Parecía precisamente el profeta,  que apartó a Susana del peligro.

Fue intuición o sentido común, lo que me hacían prejuzgar que algo iba a salir mal.

Mi animosidad iba en picada, lo conocía.

Le faltaría alguna herramienta o repuesto, pisaría alguna planta cuando atravesara el jardín o se le caería algo de las manos.

Parecía por naturaleza torpe, defecto que una no conoce si fue por falta de estimulación temprana o genética torcida. Pero debía ser él? Me dijo una hora y luego fue otra. Vino arrastrando una escalera y dejó la huella en el parquet.

Después de varias horas de ensayo y error, me preguntaba porque, este señor, no hacia transferencia de aprendizaje.

Me quede hasta última hora de la tarde, cuando las estrellas aparecieron, tímidas en su luz. Pensé que ese hombre era como “el vinagre a los dientes o el humo a los ojos”. (Prov.)

Encorvado, guardo los instrumentos. El aire moría en las penumbras de las hojas del naranjo, dando paso a uno helado, celoso del calorcito de hogar que ya gobernaba.

 

Mis fantasías, siempre fueron  peligrosas. Me sacudían una y otra vez, si les permitía arremolinar en el pensamiento.

Entonces traje la linterna con las pilas medio sulfatadas del año anterior. Dejándome llevar, pensé en golpearle la cabeza con el zueco de madera que llevaba puesto. Pensamiento diabólico que luego quise curar  con  remordimiento.

No pude evitarlo, un hilo de sangre corría por su frente. Pesado, cayó debajo del termo tanque. Arrepentida, trate de revivirlo, apartándole del rostro la visera.

¿Porque siempre me precipito ante una orden compulsiva? Con amargura en este caso,aunque…

En el fondo me invadía el placer de haberlo matado.

Pero reaccionó.

Se levantó de un salto, se acomodó la gorra, de la que salía una nariz puntiaguda. Escondida la mirada, y de expresión ceñuda, me preguntó a que hora  acostumbraba bañarme, enrojeciendo, además,  por la pregunta. El trabajo estaba casi terminado. Esta vez escape de un error.

 

No supe de él, hasta que lo vi. Aliviada pensé que mis actos de contrición en el santuario, habían dado frutos inimaginables.

Caminaba y revisaba medidores de gas. Si, estaba perdido en su identidad de gasista. Pobre.

 

Liliana m noronha 2016-09-09