Desafío antropológico

Nuestra sociedad Argentina  está atravesando una crisis de valores tan importante y generalizada, que no sorprende que haya pocos que la denuncien.

El Estado argentino, creador de esa visión y división de nuestras ideas a través de la educación, ha desde hace muchos años, tratado de generar ciudadanos atravesados por valores por lo menos cuestionables, que seguramente han servido para regímenes autoritarios y súper controlados, pero que no son consistentes para un régimen democrático moderno.

Muchos estudios antropológicos han mostrado algunas instituciones que formaban parte de la organización de ciertos grupos originarios, que podríamos  por lo menos analizar y tratar de darles lugar en nuestra sociedad, ya que podrían ayudarnos a mejorar muy lentamente la misma.

Entre los Trobiandeses, grupo de Melanesia estudiado a principios del siglo xx por Malinowski, muchos de los conflictos disponían de un castigo, pero el mismo no era impuesto por un tribunal externo, sino por el contrario, era dictado por una sociedad presente con valores en el interior del individuo  para no sentir el rechazo del grupo al que pertenecía, y, fundamentalmente para no hacer correr riesgo la continuidad de la sociedad misma.

Esta institución tan importante entre este y otros grupos, era la vergüenza. En algún momento, algunos dicen debido a las grandes religiones, otros, debido al crecimiento de la población y necesidad de control social,   que nuestras sociedades, realizaron un viraje de valores, y la vergüenza fue dándole paso a la culpa.

Mientras la vergüenza es un sentir interno, la culpa es impartida desde el exterior, mientras la vergüenza permite generar individuos arrepentidos, la culpa genera individuos defensivos, mientras la vergüenza genera acciones de sanción individuales, como alejarse del grupo o en el extremo suicidarse, la culpa genera sanciones punitivas tomadas directamente desde afuera, como  la perdida de la libertad o en el extremo, el asesinato, pero también genera, y esto es peor, la impunidad, que nace, cuando  la vergüenza, (interna e individual), da paso, sin solución de continuidad, a otras instituciones externas y compuestas de individuos en algunos casos corruptos que favorecen la pérdida de valores.

Hoy es muy difícil  que escuchemos, que alguien se haya suicidado por haber cometido una falta moral, y muchos menos que haya sentido la necesidad de exiliarse de su familia o país  por la vergüenza causada por el posible castigo social. Sin embargo, si escuchamos, y cada vez más frecuentemente, individuos que se escapan al exterior de una justicia, en muchos casos poco legal y en otros casos, poco justa, u otros que desaparecen como cuerpos asesinables, porque están buscando una parte de la verdad que muchos quieren ocultar.

La educación impartida por el Estado es una herramienta poderosísima que no debemos naturalizar y tenemos que modificar.

Como dice cierta canción, no siempre permanecer y transcurrir es honrar la vida y nuestro grupo social, por lo cual debemos tratar que la sociedad se reproduzca, pero con puntos de realimentación positiva nacidos de errores cometidos que permitan una mejora permanente.

Cambiar ciertos valores morales es parte de este trabajo y nuestra obligación como ciudadanos. Esto se hace imprescindiblemente cuestionando el rol del Estado y de su arma más poderosa que es la educación. Hoy se impone una educación en valores tratando de cuestionarnos cada uno de los valores sociales actuales y reflexionando críticamente, dejando de lado fanatismos partidarios o religiosos.

El camino no es fácil, pero posiblemente es hora de tomar prestado de sociedades muchas veces cuestionadas por su falta de racionalidad por los mismos investigadores, los valores que les permitieron sobrevivir mucho tiempo, a pesar del avance de la supuesta civilización.

Y es la educación en valores, factor fundamental para que  en un utópico futuro la culpa vuelva  a dejar paso a la vergüenza, la moral interna tome el lugar de la ley escrita, la impunidad deje paso al castigo social y la verdad deje de tomar partido político.

Este desafío representa una cosecha a muy largo plazo, pero solo el hecho de pensarlo, podrá ir generando pequeños brotes que vayan en los primeros momentos separando la maleza e iluminando el camino

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