La  Gran P!!

putaFue a los 13 que la P. comenzó a incursionar por “la noche”. Para ella fue como una droga en la que se enganchó. “La noche” primero la hizo volar y  después la tiró para que aterrice en la basura. Fiolos, chabones, merca, al principio todo estaba empapado de adrenalina de la buena.

El chamuyo que le hicieron fue que iba a vivir una vida de primera, es decir: de primera clase, de lujo. Como ella dijo: “Cuando te dicen que tu vida va a ser diferente, les creés, porque querés creerles”. Era excitante eso de que la iban a admirar y envidiar, y especialmente lo de que a ella le iba a sobrar eso que a todos, siempre, les falta.

Le presentaron mujeres elegantes, divertidas y… ¡Qué uñas! y Peinados: ¡perfectos!  Eran todas cool, macanudas. Parecían que la pasaban bien allá en el microcentro, o por Tribunales.

Pamela quiso ser una de ellas. Otra cualquiera, en su lugar, también hubiera querido serlo. Se las veía muy seguras de sí mismas, y todas coincidían en que se gana muy, pero muy bien. “La noche” era la Vida soñada hecha realidad: toda la diversión, sin prohibiciones, todo pura joda, y encima mucha guita.

Y así fue que empezó. Al principio le daba un poco cosa, un poco de miedo, porque no es un laburo como cualquier otro. A veces hay que estar con cada tipo! Algunos borrachos y sucios. Hay que tener estómago. Cada tanto  aparecía uno de los que te asustan. Son loquitos que te amenazan con que te van a matar. En su primera semana, uno hasta le apoyó un tramontina en la panza. Con el tiempo le fue pasando de todo, alguna vez fue una 22 apuntándole a la cabeza. Ella aprendió a mantener la calma, siempre. Ponía el alma de proa y cortaba todas las olas.

La gente de la noche enseña que el mundo es así, que los que no lo ven así, se mienten a sí mismos, y cuando una tiene 13 tiende a creer. La “P.” terminó creyendo que los que no laburan en “la noche” también son esclavos, pero que no lo saben. Según dijo, son personas muy estructuradas y que no entienden.

Pronto Pamela empezó a convencerse de que ella no estaba hecha para ser ama de casa y esposa de un chabón. Ni hablar de madre y todas esas cosas. Decidió que la vida que llevaba era mas excitante que todo eso, que era mejor vivir así, mas honesto, porque ella al menos estaba eligiendo qué hacer con su vida.

Eso de que ella hacía lo que elegía hacer a menudo era casi cierto, salvo cuando el fiolo no recibía la plata que él esperaba. Ahí la cosa se complicaba. Al principio, la primera vez, lo que hubo fueron chirlos y bofetadas, pero poco después vinieron las primeras trompadas.

Fue entonces que la “P”. decidió que ella iba a ser la mejor de todas.  Aunque tuviese que trabajar las 24 hs, ella iba a satisfacer las demandas de dinero del Nelson. Se propuso no sufrir nunca mas la humillación de salir a la “lleca” con la cara marcada. Se lo propuso y lo logró. Recibió alabanzas y disfrutó que Nelson la pusiera de ejemplo para las otras. Le encantó que él le regalara el baño de crema en la peluquería del gran estilista de moda. La “P.” seguía repitiéndose a sí misma  su mantra personal : que éste era su éxito, suyo, porque estaba viviendo la vida que ella había elegido.

Nelson a veces era como un papá para ella y otras veces era como su amante. Ella necesitaba de todas esas escenas, porque le dolía la manera en la que estaba sola, y por eso se bancaba sus mareas y marejadas, sus cambios de estado de ánimo, por ejemplo: que a veces él la trataba como una cosa, como un mueble que alquilaba por hora.

Para la época en que decidió que Nelson era su familia (y ya no aquel grupo de extraños con el que vivió sus primeros 13 años en Laferrere) pensó que por ese motivo tenía que hacerlo feliz, hacer lo que sea que él le pidiese. Eso sucedió exactamente el día en que cumplió los 14. Tal vez fue por casualidad, pero era el día de su cumple y él le dijo que le regalaba un tatuaje. Le explicó que la manera que ella tenía de probarle su amor era grabar en su piel el mensaje de que le pertenecía en cuerpo y alma. Le regalaba algo que nadie podría quitarle, algo mas duradero que un anillo de bodas.

“soy de Nelson” es lo que quería decir las siglas “s.d.N” Era un tatuaje tumbero, en tinta azul, en el cachete izquierdo de su culo. Ese cachete era de él, a los clientes les apoyaba el otro. Claro que ella no era la única que de entrada no quiso aceptar el regalito. A todas les pasaba lo mismo que a la “P”. Primero decían que no, y después, cuando decidían que iban a ser su perra alfa, la que haría todo, cualquier cosa, por él, ponían el cachete. Cualquier cosa, incluso ayudarlo a controlar a las pibitas nuevas. P. aceptó porque, como todas, quería ser especial.

El colchón estaba sucio, el piso estaba sucio, las paredes estaban sucias, Walter (el hermanastro del Nelson) estaba sucio. ¿las agujas de tatuar ¿estarían limpias? No preguntó, solamente se acomodó y lo dejó a Walter hacer lo suyo. No fue tan terrible, recordaba algunos clientes que le dolieron más. La piel le quedo calentita e hinchada, pero no se le infectó.

Al principio se sentía orgullosa de que Nelson la hubiese “adoptatuado”. Había alguien que la reclamaba como suya. Ahora, gracias a él,  sabía adonde pertenecía. Sentía que después del tatuaje él también había cambiado, que la miraba con otros ojos. Era verdad, porque él se había asegurado de que todos supieran que ella le pertenecía. Pero poco después la “P” se dio cuenta que no era tan feliz como pensó que sería, que esa vida no era tan glamorosa como ella había creído que sería. Modificó un poco su mantra, intercalando cada tanto un “Eso ya vendrá” que se decía a sí misma.

Tiempo después conoció a una mina que una vez había sido como ella era ahora, aunque hacía de esto unos 15 años. Pero cuando la P. la vió, a la mina le faltaban varios dientes (volados a trompadas). Sus uñas, sucias. Mal peinada. Las nuevitas se burlaban diciendo que era “pastera” (en alusión a la pasta base de cocaína, que comenzó a consumir 3 años antes de encontrarse con P., es decir aproximadamente a los 28). Pamela nunca se había burlado de ella cuando se cruzaban en la calle, y ese día decidió parar un rato a conversar –total, clientes no había-.

Nada mas le preguntó cómo se llamaba. La otra largó todo el rollo. Lo mas siniestro era que la vieja parecía verse reflejada en la P, como si la piba fuese su espejito, espejito ¿quién es lo mas bonito?. No paraba de hablar mientras le contaba cómo había sido su camino por la noche. Una vez había sido hermosa, tan bonita como la “P”; en aquellos tiempos era la mas cotizada de todas, la que mejor ganaba.  Hasta que un día enganchó al cliente equivocado, el que le voló los dientes y la dejó tirada en la zanja. Desde esa vez se sabía fea y necesitaba algo para anestesiar su orgullo malherido. Se le había roto algo en su mente y ya no pudo verse hermosa.

Quiso controlar sus sentimientos con pastillas, pero ¿quién controlaba a esa loca y cruel doctora resentida (ella misma) que se las administraba? Las pastillas comenzaron a marcarle los tiempos, y ella seguía el ritmo a los saltos. Perdió el camino y ya no hubo manera de volver atrás. Pamela la oyó y casi deja de creer en el sueño que se había prometido. Tenía 18 ¡5 años transcurridos soñando que vivía un sueño! Supo, de repente, que tenía que salir de ahí, que pronto también a ella iban a enredársele las drogas y que entonces ya no habría vuelta atrás. Pero se le hizo difícil. Todavía no era adicta a las sustancias, pero ya era adicta a la noche, y la verdad es que ella no estaba segura de cuál era la adicción mas brava.

Se decía a sí misma que el paco y las pastillas eran peores, y por eso se rehusaba a consumirlos, pero que  “la noche” también es poderosa cuando tira de una. Durante un breve período de “abstinencia”, la Pamela quizo (pero no se animó) ir a Laferrere. Fue después de ver en la tele a la mamá de una tal Marita, que le decía a la cámara que lo único que quería era volver a ver a su hija. La P. quería empezar una nueva vida, pero no sabía por dónde empezar. ¿Cuál era su lugar en el mundo? Había pasado su adolescencia vendiendo sexo y demostrándose a sí misma que podía aguantar de todo, y que era atractiva. Ahora solamente quería ser amada por alguien (en realidad eso fue lo que siempre quiso, pero recién ahora podía encontrar las palabras para explicárselo a sí misma). Durante años no supo lo que le pasaba, cuando justamente eso era lo que le pasaba.

La última hora había pasado mas lenta que un cortejo fúnebre, en su resignada marcha hacia nada. La “P” secó sus mejillas y cerró su relato diciendo: “esto no me hace bien, no me gusta llorar, me parece que mejor no vuelvo nunca mas por acá. Lo que Uds. hacen está bueno, pero no me sirve para mi”. Ése fue el día en el que mas años cumplió, en todo lo que llevaba de vida. Fue en Constitución que lo celebró, en la casa/refugio “ni una menos”, donde se reúnen las chicas y madres que luchan contra la trata. Miró su precioso reloj pulsera, luego chequeó con el de la pared del fondo, pero ninguno de los dos le dijo nada sobre ese momento que se estaba yendo, ni sobre los que vendrían. Las chicas de la “ni una menos”  trataron de retenerla porque sabían que iba a que le vuelvan a romper el corazón, en un auto, un telo, un bulín. Ellas sabían que algunos clientes casi parecía que valían la pena. Unos porque pagaban mas de lo pactado, otros porque te hacen sentir un cosquilleo cálido. Pero también sabían que de la noche hay una sola manera de salir: se sale de una, sin mirar para atrás. En la “ni una menos” sabían que los de la trata de personas no sueltan así nomás a su mercadería, sus esclavas, para dejarlas que recuperen la vida que les han robado. Por eso intentaron convencerla de que se quede, que no vuelva a la calle, ni a los brazos de ese cliente que parecía bueno.  Una le dijo que a veces una se pasa años enteros creyendo que está viviendo y que luego, de golpe, sucede un momento en el que se vive una vida mas verdadera, porque es la que una elige vivir. Justo eso le fueron a decir a ella, justo a ella. Con el tiempo las chicas de la casa refugio supieron que a la “P”. nadie la vio de nuevo. Tal vez se fue a vivir tan lejos, que su vecino mas cercano es el olvido, o tal vez simplemente se fue a otro lado.