La importancia de las palabras

tentaculosAntes de comenzar mi relato, me veo obligado a compartir con ustedes que de todas las materias cursadas en la facultad, semiología es la que recuerdo con más cariño ya que me abrió las puertas a un mundo tan maravilloso como infinito. Pero la verdad es que la conciencia del sustancial valor de las palabras (particularmente de las correctas) se lo debo a mi amiga Lola. Una exuberante dominicana, muy dominicana y muy exuberante.  Una  perla morena  que no solo se destacaba por su favorecida anatomía, también era dueña de una particular voz (resalto lo de particular) Para describir esa voz de un modo más grafico referiré que en cierta ocasión caminando por la vereda por alguna razón se despachó con una de sus sopranescas carcajadas, pues bien, hay quienes aseguran que fueron al menos dos automóviles los que se hicieron al costado para dar paso a la supuesta ambulancia.

Hecha esta necesaria descripción pasaré a contarles cuales fueron las circunstancias en las que Lola hizo este invaluable aporte a mi mundo de las palabras.

Imaginen ustedes a esta particular morena entrando en la sección de pescadería de un concurrido supermercado de Belgrano. Un verdadero imán para las miradas, en su mayoría, por la hora, de señoras mayores, amas de casa y algún que otro nieto que iría con su abuela. Si con la imagen no bastaba solo fue cuestión de que abriera su boca para provocar el total desconcierto en clientes y empleados del super.

-Bueeeeenas! (para tener una idea del tono, imagine el falsete más agudo de los Bee Gees, que pueda recordar y luego multiplíquelo por dos y ya que está amplifíquelo un poco. Esa es la voz de mi amiga).

Dirigiéndose al empleado, que solo de verla entrar se puso pálido, seguramente anticipándose a lo que vendría.

_¿y cómo están los testículos hoy?

Quince metros a la redonda todo el mundo se quedó petrificado, la abuela no dudaba en soltar la docena de huevos que tenía en las manos, lo que no sabía era si taparle los oídos o los ojos al nieto. Y el empleado, el pobre empleado que parecía haberse achicado al menos cinco centímetros en su estatura sólo atinó a encogerse de hombros y a tartamudear.

_Nn no sse que ddecirle…. Mmas o menos…

-¡Pero chico! Es la segunda vez esta semana.  Vendré el lunes y espero tener mejor suerte.

Y dándose media vuelta emprendió su regreso con paso musical al ritmo del sonido de sus coloridos collares y pulseras.

De todo esto me enteré al encontrármela ese mismo día en un pasillo del edificio, donde meneando la cabeza protestó:

-Pero cómo es posible, chico, que en un país con tanto mar los testículos de calamar no estén buenos!

-¡Tentáculos Lola! ¡Cuántas veces te lo voy a decir, los calamares tienen ten-ta-cu-los!

 

Diego Almirón