Mahogany por “El amante”

TRES – Lujuria lujuria

La mujer lo cabalgaba, subiendo y bajando con un movimiento cada vez más frenético, mientras gemía de placer.  Había tenido ya varios orgasmos e iba en busca del próximo.

Él veía arquearse la esbelta espalda color canela, perlada de microscópicas gotitas de transpiración, que la hacían brillar bajo la tenue luz de la habitación. A cada lado, las plantas de sus pies, rosadas, brillosas y arrugadas, se contraían cada vez que ella bajaba y se incrustaba el pene en sus entrañas.   Volvió a gritar, casi rugiendo, anunciando su clímax, un orgasmo largo y descomunal… Su cuerpo tembló espasmódicamente y, estirando las piernas hacia delante, se acostó encima de él.

Él formó un cuenco con sus manos y agarró sus pechos duros, firmes, acariciándole los pezones endurecidos y sensibles. Luego la hizo girar hacia la derecha, de manera de quedar de costado, como tenedores en un cajón de cubiertos.  En esta pose comenzó a moverse con la velocidad del émbolo de una locomotora, mientras ella cerraba las piernas con todas sus fuerzas… A los pocos segundos culminaron juntos, él por primera vez y ella…, bueno,…había perdido la cuenta…

Los movimientos duraron un par de segundos más y luego ambos se calmaron, reposando laxos, muy quietos. Finalmente él se retiró…  La mujer quedó a su lado, tendida boca arriba, con las manos bajo la nuca, su moreno cuerpo, espectacular, resaltando sobre las blancas sábanas.  Mostraba una sonrisa felina, satisfecha de haber sido complacida.

El permanecía bajo los efectos del intenso placer experimentado, que se fueron desparramando en todas direcciones, con epicentro en su bajo vientre.  La laxitud y la satisfacción lo invadieron y yació así, con los sentidos alterados hasta que, lentamente, la sensación fue pasando y su cuerpo volvió a la normalidad.

No podía dormir. Se recostó en la cama, boca arriba, mirando el maravilloso, único, cuerpo color canela que yacía a su lado, profundamente dormido y trató de entender como había sido posible que una persona como él, formal y poco habilidoso para con el sexo opuesto, se hubiera liado con una modelo de color más hermosa de lo que habría podido imaginar jamás en sus más recónditas y sensuales fantasías.

 

UNO – Nos conocemos vuelo

Había comenzado la noche anterior en el vuelo New York – Zürich.  Estaba sentado en el borde del asiento, estirado hacia delante, intentando acomodar sus petates (libro, colirio, tapones para los oídos, etc) en la solapa del respaldo del asiento anterior al suyo, que parecía estar a kilómetros de distancia en la espaciosa Business Class de Swissair, cuando oyó la voz, delicada y suave: “¿Me permite, por favor?”…

Giró la cabeza y lo primero que vio, así casi agachado, fueron los zapatos grises cerrados y las esbeltas piernas color canela.  Subió por las piernas hasta encontrar una falda gris a rayas blancas, que comenzaba ligeramente por debajo de las rodillas.  Siguió subiendo y se topó con una blusa blanca, ligeramente transparente, que dejaba entrever un corpiño también blanco, sosteniendo dos pechos perfectos, ni grandes ni chicos, un cuello largo y delgado, y finalmente el rostro… La cosa más bella del mundo. Era una mulata de piel clara, esbelta y alta. El rostro perfecto, con nariz de colección, cabellos muy lacios castaño oscuro, peinados tirantes hacia atrás y recogidos en un clásico moño de terciopelo negro.  Y los ojos…los ojos enormes, ligeramente oblicuos y de un gris puro tan etéreo que lo lastimaron con su transparencia. Le sonreía con una boca muy grande, tipo Julia Roberts, mostrando unos dientes perfectos, enmarcados en labios un poco gruesos pero increíblemente sensuales. Tendría unos treinta años, o algo más. En conjunto, era la mujer más atractiva que hubiera visto jamás en su vida,… y le pedía paso para sentarse a su lado.

El encajó apenas el libro en el bolsillo, se levantó con alguna torpeza, y le cedió el paso.  Ella se deslizó y sin querer, empujó con la pierna el libro, que cayó sobre la alfombra.  Rápida como una gacela se acuclilló, lo levantó y se lo entregó, mirándolo fijamente a los ojos y regalándole una sonrisa que le produjo un erizamiento de pelos en su nuca.

Ella se sentó, acomodó sus cosas y una vez que hubo terminado se quitó los zapatos, exhibiendo un par de pies perfectos, con dedos largos y delgados y tobillos muy finos.  Como en toda persona de color, sus plantas eran de un tinte rosado, que al igual que las uñas pintadas  de color marfil, contrastaban con el color canela del resto de su piel.

El, que era un fetichista de los pies, se excitó y tuvo una erección instantánea, que disimuló cruzando las piernas. Lamentablemente el espectáculo duró poco, ya que la mulata se colocó los zoquetes que extrajo de la bolsita de cortesía, lo que le permitió a él, pasados unos minutos, volver a la normalidad y estirar las piernas.

A poco de iniciarse el vuelo, él quería iniciar una conversación, pero no sabía como.  El problema, sorpresivamente, se lo solucionó la mujer, que le preguntó si él hablaba alemán.

“No, no lo hablo…pero algo entiendo, ¿porqué?”

“Es que mi agencia de viajes me dio este folleto con indicaciones, y no entiendo nada… está en alemán”

Era un folleto explicativo de cómo movilizarse desde el aeropuerto.  El ya había estado varias veces en Zürich, lo que le dio la excusa para romper el hielo e iniciar la charla.

Así se enteró que era una modelo que iba a hacer una prueba y ver si lograba un contrato con una afamada firma Suiza de cosméticos medicinales. Le mostró la carta donde le decían que deseaban una persona de color “para contrastar contra la blancura de las suizas”. La agencia le había reservado habitación en el Dolder.  El le explicó todo: que convenía tomar el tren que pasaba bajo el aeropuerto, pues era más barato y más rápido que un taxi, que los suizos no aceptaban dólares y debía cambiar por Francos Suizos en el aeropuerto, y que el Dolder era inconveniente pues estaba lejos del centro, era carísimo, y además enorme. La única ventaja era la vista sobre el lago, pero no valía la diferencia de precio. El siempre se alojaba en el Savoy Bauer-en-ville y le sugirió que sería bueno para ella cambiar por otro hotel más céntrico. Casi se desmayó cuando ella le dijo con una sonrisa velada: “me parece una excelente idea… en ese caso me puedes guiar hasta la estación, así no corro el riesgo de perderme, podemos viajar juntos y a lo mejor en tu hotel consigo habitación…”

Durante la cena, ella le contó de su pasado. Se llamaba Jill Saint Jacques, había nacido en Martinica, hija de padre francés y madre mulata. Era lo que ellos llamaban una “cuarterona”, porque tenía un 25 % de sangre negra. Sus abuelos maternos eran un marino sueco, de quien ella había heredado los ojos y una negra de Haití que, se decía,  practicaba el vudú. Cuando ella tenía 6 años, su padre, ejecutivo de una firma Francesa, fue trasladado a la sucursal de Nueva York, donde ella se crió, fue al college y finalmente obtuvo un Master en Humanidades. Sus padres volvieron luego a Martinica, donde vivían actualmente, pero ella decidió quedarse en la gran ciudad.  Había comenzado a modelar como hobby, hacía unos 5 años y descubrió que esto le permitía ganar mucho más dinero que trabajando en su profesión.

El también le contó su historia, le habló de su familia, de su trabajo como ejecutivo a cargo de la filial argentina de una empresa americana, y de su viaje a Zürich por solo dos días para asistir a una reunión dónde se trataría de la posible compra de la filial argentina de una empresa competidora.

Charlaron, vieron películas, durmieron, desayunaron, charlaron más y al bajar del avión parecían conocerse desde hacía años. El la guió a través de las escaleras macánicas hacia la oficina de cambio, luego a la boletería, donde pese a las protestas de Jill la invitó con el pasaje, luego encontró el anden y tomaron el tren.  En 10 minutos llegaron a la Banhoff y allí en un taxi a lo largo de la Banhoff strasse, unas 10 cuadras hasta el hotel.  El conserje, cuando los vio juntos, tuvo un gesto de buen gusto y si bien ella no tenía reserva, se las ingenió para darles dos habitaciones en el mismo piso. El se lo agradeció con 10 dólares que el suizo, aunque no eran Francos, aceptó con un correctísimo y formal “muchas gracias”.

Subieron en el ascensor y él le se jugó: propuso cenar juntos. Ella dudó: “No sé como van a salir las cosas… – miró el reloj, que marcaba las 8:25 AM – ahora me baño, me cambio y voy a la agencia de publicidad del Laboratorio a hacer las pruebas. Si todo sale bien, a la tarde tendría que discutir el contrato, y puede que me inviten a cenar.”

“No hay problema, le respondió él.  Yo también tengo reunión toda la mañana y hasta las 5 de la tarde, pero no pienso aceptar ninguna invitación a cenar, ya que tengo que preparar un report. Voy a estar en mi habitación, cuando llegues, si tenés ganas llamame y vemos… y sino, todo OK ¿qué te parece?”

“Bien”, dijo ella, “quedamos así”.  Se despidieron. El iba a extender la mano, cuando ella se adelantó y le dio un beso en la mejilla “ gracias por todo…”, y se fue hacia su cuarto, dejando una estela de promesas imaginarias y una erección súbita bajo su calzoncillo.

 

DOS – El incendio  mulata

El día fue tedioso,  el almuerzo y las reuniones de la tarde se hicieron interminables, pero finalmente estaba en la habitación, bañado, perfumado, afeitado, vestido con un pantalón y una camisa sport y con una ansiedad que se lo llevaba el diablo.  ¿Llamaría?…

A las 20 se preocupó, a las 20:30 se desesperó y finalmente, a las 21 tuvo que aceptar, con un nudo en el estómago, que esa noche no la vería, y casi seguramente nunca más… Una vez que concluyera las pruebas y firmara el contrato, lo más seguro es que volara de vuelta a New York lo antes posible, y eso podría ser mañana mismo.

No era un tipo minero, jamás le había metido los cuernos a su mujer, pero esta hembra… era algo diferente.  Nunca había visto una mujer así a menos de 20 metros y ahora la tenía… la tenía… si hasta le dio un beso en la mejilla…

Evidentemente había algo en él que no había funcionado. Se recriminó con amargura el ser tan formal, tan acartonado, que sentía que en general espantaba a las mujeres… se preguntó qué le habría visto su esposa cuando lo conoció para haberle dado calce…

Metido en esas cavilaciones, tomó el listado del room service, eligió algo sin ganas, y cuando levantó el auricular para hacer el pedido sintió los golpes en la puerta.  No podía ser ella, había quedado en llamarlo por teléfono.  Seguramente venían a abrir la cama y dejarle el chocolate sobre la almohada. Se dirigió a la puerta y la abrió…el corazón le dio un respingo: allí estaba Jill, una Jill salvaje, vestida con pantalones y casaca de cuero gris oscuro, botas y cartera de piel de serpiente gris clara, un top blanco, sin corpiño, que dejaba ver su ombligo y el vientre canela plano y perfecto y la cabellera revuelta, salvaje, bellísima…  Su cara indicaba que algo anduvo mal…

¿”Puedo pasar?”… la voz al borde del llanto. El se hizo a un lado y la invitó. Cerró la puerta y al volverse vio su espalda agitarse y sintió como rompía en llanto.  No sabía bien que hacer, nunca había sabido que hacer en estos casos… ¡era un cartonazo!  Tan solo atinó a pasarle un brazo protector sobre el hombro. Ella giró, lo abrazó y rompió en un llanto infantil y potente, dando rienda suelta a su congoja.  El la abrazó muy fuerte y la dejó descargarse. Permanecieron así un rato, hasta que ella, lentamente, se fue calmando.  Cuando le pareció que estaba más recompuesta, le preguntó “¿salió mal?, no firmaste…”  Ella siguió abrazándolo y le contestó: “Si, firmé…”

“¿Y entonces?

“El muy cerdo, el Director General, me dijo al final, directamente que si quería el contrato me tenía que acostar con él”… se apartó y se sentó en el borde de la cama

“Era un gordito suizo, todo blancuzco… cerró la puerta del despacho, yo no tuve tiempo de reaccionar… me bajó los pantalones y las bragas, me hizo acostar en el escritorio, se puso un condon, se montó encima mío bajándose los pantalones y enseguida terminó… era un eyaculador precoz… ¡que asco sentí!… Otras veces lo tuve que hacer por negocios, con gente que no era precisamente lo que yo hubiera elegido, pero siempre fue de otra forma… salimos a cenar, a ver un espectáculo, siempre tratando de agradarme… no soy una santa, ¡pero esto fue repulsivo!…

Yo no había tenido tiempo de darme cuenta de lo que estaba dejándole hacer, cuando el muy asqueroso terminó, se acomodó  la ropa y me dijo: “listo, el contrato es tuyo, lo firmó, me lo dio y me acompañó hasta la puerta, y me despidió diciéndome: “estamos muy contentos de tenerla como modelo top exclusiva de nuestra empresa….y…me dio la mano…”

El se acercó, le tomó la mano y la invitó a pararse, ella comenzó a lagrimear de nuevo…”soy una puta…si, eso es lo que soy…y tengo lo que me merezco…”

El la miró a los ojos, le sonrió y le dijo, sin pensarlo: “no sos una puta, sos la mujer más hermosa que he visto en mi vida, te conozco poco pero sé que sos hermosa por fuera y también por dentro… sería el hombre más feliz del mundo si pudiera hacerte sentir bien en este instante… lo que sea,… pero soy muy torpe con las mujeres… y… no sé cómo…”

Jill levantó la mirada, sus ojos grises, húmedos de lágrimas se encontraron con los de él… se sostuvieron las miradas por 10,…. 15…. 20 segundos,….estaban a escasos centímetros y sucedió… los labios se acercaron milímetro a milímetro, hasta rozarse y no se pudieron detener…un piquito, luego las puntas de las lenguas húmedas y ávidas se tocaron y lo que siguió fue una explosión nuclear de deseo y sentimientos liberados en una reacción en cadena.  Permanecieron de pié, besándose y tocándose por minutos, hasta que Jill, separándose y sentándose en la cama le pidió: “quitame las botas”, al tiempo que se sacaba la casaca y el top, exhibiendo sus pechos desnudos perfectos, color cobre, de una belleza natural que no necesitaba de cirujías, con pezones oscuros y erizados como dos frutillas maduras y carnosas… El se arrodilló y tiró de una bota, que salió disparada desnudando un pié hermoso, estilizado, con dedos largos, uñas pintadas color marfil, y plantas rosadas y arrugadas. Se excitó aún más.

Se contuvo de besarlo, y procedió a quitarle la otra bota, que le causó el mismo efecto. Ella le pidió que le quitara también los pantalones y ni bien lo logró, con algún esfuerzo, porque el cuero se había pegado a la piel ligeramente transpirada, Jill se incorporó, se quitó el minúsculo slip, le tomó la mano y lo invitó a acostarse a su lado. Jill lo desnudó, jadeando de deseo, y una vez que lo hizo, se acuclilló de espadas, tomó su pene con una mano, lo dirigió hacia su vagina cremosa y palpitante de deseo y se lo incrustó de un solo golpe, comenzando a cabalgarlo con salvajismo, como una loba en celo…

 

CUATRO – Zürich zurich

Era el fin de la primavera en Zürich. El día era un raro regalo suizo. El sol brillaba, el aire cálido anticipaba la pronta llegada del verano. Se ducharon juntos e hicieron una vez más el amor, parados en la bañera. Luego ella se escapó, envuelta en una toalla y con la ropa hecha un bollo bajo el brazo, hasta la habitación de al lado, a fin de vestirse apropiadamente para pasar el día juntos. Volvió en media hora, espléndida, con vaqueros, un top y una campera de cuero, los cabellos aún mojados y sandalias que le permitían lucir sus pies perfectos. Desayunaron juntos y luego salieron.

En Zürich no había nada histórico especial para ver. Ningún museo único en el mundo, ningún monumento famoso, nada de eso… Sin embargo, caminaron a lo largo de la Banhoffstrasse, viendo vidrieras, luego doblaron a la derecha, internándose por las estrechas callejuelas empedradas rumbo al Limmat, del brazo como dos enamorados. Llegados al río doblaron nuevamente a la derecha, con rumbo a la desembocadura y allí tomaron una excursión por el lago y almorzaron a bordo.

Cuando desembarcaron de regreso fueron a tomar el té y luego, caminaron un rato más y finalmente volvieron al hotel, a prepararse para la cena. Subieron a las habitaciones y frente al cuarto de ella, él tomó la llave, la abrió, y se quitó a un lado para que ella pudiese entrar. Jill se paró en el vano de la puerta y lo miró desafiante… “A qué hora nos encontra…?”  no pudo terminar la frase. Jill le tomó la cabeza con ambas manos y lo besó con pasión…luego comenzó a retroceder lentamente, sin desprender sus labios, introduciéndolo de a poco en el cuarto. Con una ligera patada hacia atrás él cerró la puerta y así fueron retrocediendo hasta que tropezaron con la cama y cayeron sobre ella…

Se besaron, se tocaron, se lamieron… pasaron por todos los estadíos posibles en una relación donde la pasión obró sin barreras ni inhibiciones. Se agotaron y volvieron a agotarse hasta bien entrada la noche.  Luego pidieron room-service y cenaron desnudos, y a los postres comenzaron a juguetear con la comida. El le untó las plantas de los pies con crema y luego se las chupó, ella hizo lo mismo con su miembro, y así llegaron a una culminación sin precedentes, que los dejó exhaustos y con la necesidad de dormir para recuperarse. Mientras estaban el uno en brazos del otro, ella dijo las palabras tan temidas:  “mañana tengo que volver a New York”…

“Yo también me tengo que volver,” dijo él, “y no quiero… desearía quedarme en este cuarto para siempre…”

“Yo también, dijo ella…”

 

CINCO – Partida partida

El avión de ella rumbo a New York salió a las 10 de la mañana. El avión de él rumbo a Buenos Aires a las 12.30. Lo pensaron mucho y finalmente decidieron no darse los teléfonos. La historia terminó allí.