El hombre y lo visual, la mujer y lo táctil

por Isabel Boschi

El sexólogo norteamericano Alfred Kinsey afirmó en 1940 que, en materia sexual, “los hombres se estimulan visualmente preferentemente más que las mujeres” y también que “la forma preferente de estimulación femenina es la táctil”. Buscando las raíces biológicas y/o sociales de tal supuesta diferencia, mi hipótesis es que la respuesta excitatoria a la estimulación visual y táctil en el hombre y en la mujer está directamente relacionada con la cultura; que ésta se encarga de desarrollar la sensibilidad o de reprimir su desarrollo, y de educar a hombres y mujeres para adaptarse a ella, imprimiendo, sobre un modelo filo-genético relativamente estable, un patrón que varia, por un lado en las diferentes épocas según los cambios históricos lo van determinando, y por otro lado entre varones y mujeres.
a) La encuesta pionera
A fines de 1940 y hasta principios de 1950, Kinsey encuestó 12.000 sujetos masculinos de diversas edades: desde muy jóvenes hasta ancianos. Estos hombres expresaban que observar mujeres desnudas, genitales femeninos, senos o muslos en gráficos, fotos, reproducciones y películas los excitaba más que las caricias recibidas en cualquier parte de su cuerpo, exceptuando la estimulación directa de sus genitales. Las conclusiones de Kinsey fueron una descripción de los resultados caracterizando a los hombres como “visuales” y a las mujeres como “táctiles” sin fundamentar la diferencia entre lo visual y lo táctil en el hombre, y lo visual y lo táctil entre hombres y mujeres.
b) Algunas experiencias posteriores
Sobre la base de lo expresado por Kinsey varios investigadores proporcionaron material erótico visual a hombres y mujeres. Los estudios de 1960 y 1970 mostraron que un número mucho mayor de hombres se excitaba viendo películas con mujeres desnudas en comparación con las mujeres que lo hacían viendo películas con hombres desnudos en erección. Pero comprobaron que ante películas donde aparecían caricias .y besos, las respuestas masculinas y femeninas no diferían: los hombres se excitaban hasta tener una erección y las mujeres hasta lubricarse vaginalmente. También la experimentación registró una mayor circulación sanguínea en los genitales de unos y otros. Todo esto lo comunicaron las personas y fue registrado en escalas verbales. Ante la modificación de los resultados con respecto a la encuesta de Kinsey, algunos autores atribuyeron el cambio a que la liberación de las costumbres después de la Segunda Guerra Mundial había acercado material pornográ?co a las mujeres. Otra causa posible del cambio seria que Kinsey había preparado su material para hombres. En cambio, las nuevas experiencias incluían películas románticas y eróticas que resultaban más estimulantes para las mujeres. También se supuso que las mujeres de las experiencias anteriores podrían no haber querido reconocer verbalmente su excitación, posiblemente por haber aprendido a hablar sobre aquellos materiales sólo en forma negativa.
c) Relación entre lo visual y Io táctil en el hombre
El doctor Fernando Bianco, sexólogo venezolano, expuso a un grupo de hombres a esta experiencia: los sujetos debían ser acariciados bien por hombres, bien por mujeres en dos grupos de pruebas. En un grupo, los sujetos estarían con los ojos cubiertos y en el otro grupo, los tendrían al descubierto.
Estos fueron los resultados obtenidos:

l) Las caricias tanto masculinas como femeninas cuando el receptor tenía los ojos cubiertos producían erección en el hombre acariciado.
2) Cuando el acariciado tenía los ojos abiertos, la erección la producían las caricias de las mujeres, pero no las de los hombres.
Parecería que la vista del hombre acariciado funcionaba como un control selectivo para las sensaciones placenteras, condicionándolas al sexo del estimulador. La censura visual actuaba como una barrera para cualquier sensación que proviniera de otro hombre.
La vista es un sistema biológico~cultural altamente complejo que garantiza el lugar social y el rol sexual de su portador.
d) Las prohibiciones de contacto.
En “El informe Hite sobre sexualidad masculina”, la autora pidió testimonio escrito y anónimo a 7.239 hombres. Una de las preguntas se refería a las relaciones pasadas entre los hijos varones y sus padres. La mayoría no recordaba una relación física cercana. Uno dice: “Creo que aprendí pronto que los varones no hacen demostraciones de afecto; y por tanto dejé de ser afectuoso, incluso con mi madre, a edad muy temprana. Ahora veo el aspecto físico con un signo de seguridad… Pero me siento incómodo ante él, tengo miedo de adelantarme y darlo, me parece que no es apropiado, que es demasiado femenino, tonto”. Otro expone: “En mi infancia, antes de la pubertad, siempre quería tener más contacto físico del que tenia: abrazos, caricias, otro tipo de manifestaciones de afecto. Pero nuestra familia no era muy dada a demostraciones de cariño, y según me fui haciendo mayor, pedía menos”. Shere Hite define al “impulso sexual” masculino como un “constructo ideológico”. Se desvalorizan los juegos sexuales de contacto de piel para sobrevalorar la cópula, en la cual los hombres son “los que hacen” y las mujeres “a quienes se hace”. Sólo algunos hombres, entre ellos varios de tercera edad (segregados por la sociedad como poco viriles) pueden trascender los estereotipos mencionados y ser más receptivos con sus parejas. En la sociedad occidental, la educación masculina suele preparar a los individuos para el éxito, y para su mantenimiento, a través de un control agresivo que requiere que la distancia física del rival sea constante y que las emociones se contengan a fin de no perder poder. Las relaciones sexuales suelen ser “el momento de la verdad”, pues para gozar debe confiar en su pareja, para acercarse, entregarse y sentir placer. Los mecanismos obsesivos racionales que controlan la vida laboral son un lastre con el que deben lidiar las terapias sexuales. Parte de lo que se trata de promover en ellas es el reaprendizaje y rescate de las experiencias sensoperceptivas vividas en la infancia a través del contacto materno (Money. fase háptica o de caricias y abrazos). La piel “educada” se abre al placer en el nacimiento y debería desarrollarse a lo largo de toda la vida.

e) Temores y fantasías masculinos vinculados con la sensibilidad táctil
En el “Informe Hite” muchos hombres reconocían lo que les sucedía con su pareja:

– Que al ser acariciados en su espalda, ingles, muslos y ano pudieran introducirse en él y “someterlo” por que pudiera gustarle (fantasías de homosexualidad).
– Que pierda el poder al no ser él el “productor” directo de placer, sino que se disponga a sentirlo (fantasía de sometimiento).

Muchos hombres homo y heterosexuales temen sentirse “pasivos”, porque implica para ellos perder status frente a su pareja, sufrir o sencillamente aceptar al otro en su diferencia y autonomía. Al eludir ese riesgo, la relación sexual se estereotipa por falta de fluidez.
La salida tradicional masculina es buscar una prostituta para asegurar una relación donde puedan controlar el vínculo.

f) El contacto físico en las parejas estables homosexuales

Masters y Johnson en Homosexualidad en perspectiva destacan que en las parejas homosexuales estables masculinas, los gestos de caricia y ternura son mucho más frecuentes que en las parejas estables heterosexuales. A su vez, la percepción visual sirve no sólo para que una lesbiana conquiste a su pareja, sino que la mirada forma parte de los recursos eróticos frecuentados.
Tal vez fuera lícito concluir que, al no responder a las exigencias sociales a que están sometidas las parejas heterosexuales, estos grupos se conceden más libertad en la interacción sexual.
g) Los aportes de la antropología
Margaret Mead, en Cultura y sociedad muestra que macho y hembra presentan una variabilidad de conductas sociales que sólo se detienen ante lo biológico: parir, gestar, engendrar, amamantar, eyacular, menstruar. Hombres y mujeres aprendemos a percibir el mundo de distinta manera porque el acceso a los medios de educación difiere según seamos varón o mujer. En la educación sexual asistemática, que se inicia desde el nacimiento a partir de las actitudes de los padres, el niño aprende a ejercitar la vista para buscar aprobación de su conducta por parte de los mayores. Los padres definen tempranamente la identidad de género de sus hijos (ser varón o mujer) por sus genitales, y esperan que niños y niñas se comporten según sus expectativas. Pero la variabilidad con respecto a lo que debe ser función del varón y de la mujer, signa cada cultura. Bronislaw Malinowski en La vida sexual de los salvajes del noroeste de La Melanesia , transcribe las canciones masculinas y femeninas de jóvenes y adultos que se refieren a la forma y tamaño de los genitales de los pretendientes. Las conductas del cortejo muestran a las muchachas abocadas a la conquista frontal de su elegido, al que le expresan su deseo mediante mordiscos, pellizcos y arañazos que su amado muestra orgullosamente a la tribu, al ser favorecido por la joven. En la organización social, lo genético parece un factor más entre los numerosos factores que configuran un sistema complejo.
h) La biología y la conexión ojos-manos
Gerard Zwang considera que el hecho de caminar erguido influyó en el hombre concediendo a la visión humana un lugar privilegiado. La posición anterior y cercana de los ojos le permitió disponer de precisión visual y como los
genitales quedaron muy expuestos a un posible ataque, las manos asumieron la función de sistema de agresión y defensa de la zona anterior del cuerpo. Es también a través de los ojos que penetra el deseo, pues con ellos el macho
puede captar la conformación de la hembra. En una visión frontal ve sus senos, monte de Venus, caderas; en la vista posterior las nalgas reproducen como una gigantesca señal el diseño de la vulva. Por su parte, la hembra apreciará la protuberancia genital frontal y anchura de espaldas del macho. Zwang habla de una solicitud de caza sexual del hombre por la cual sus sensaciones visuales son más ricas que en la mujer. La caza desarrollaría la visión a distancia en tanto que las tareas domésticas de guisar, hilar, etc., favorecerían una visión próxima, estática, más rica en detalles pequeños para la mujer. En todas las actividades humanas de supervivencia del individuo, la mano perfecciona el contacto de lo que la vista acerca.
En lo sexual, la mano cumple tres funciones: la exploración auto erógena, la exploración corporal y la estimulación sexual del compañero; y en el hombre, en especial, la de dirigir el pene.
i) Conclusión
Biológicamente, la vista proporciona la información para que el hombre elija su compañera sexual. Una vez en coito, puede dejar de mirarla y replegarse a sus sensaciones táctiles donde ocupa un lugar central el contacto de amplias superficies corporales del pecho, espaldas, nalgas, frente y mejillas de su pareja. Con ese contacto vuelve a sus necesidades más primitivas de su naturaleza, a la que debe responder para no sufrir trastornos en su vida erótica. En la mujer, la vista expresa su complacencia por el cortejo del macho: durante el coito cumple la función de regular la penetración y de frenarla con las manos, si ésta es dolorosa.
j) Epílogo
A partir de la literatura citada, he llegado a la conclusión de que hasta el momento actual ni la neurofisiología ninguna otra investigación biológica pueden demostrar fehacientemente que son las determinaciones orgánicas las que diferencian la percepción erótica masculina de la femenina. Considero que las explicaciones más completas provienen del campo de la psicología social, de la sociología y de la antropología. Ellas han demostrado que con los cambios histórico-sociales, cambian la posibilidad de acceso a las imágenes eróticas y por consiguiente, de su disfrute. Recordemos que en tiempos pasados el aprendizaje del goce se estimulaba en el hombre y se prohibía en la mujer. Como creemos que aquellos cambios se incrementarán en la medida en que se liberalicen las costumbres y los controles sociales de la sexualidad, es probable que las mujeres y varones encuentren en la estimulación visual compartida, un recurso valioso para el enriquecimiento de su vida sexual. Hemos citado las experiencias personales de varios hombres que resumen la tradicional dificultad para disfrutar de las caricias no genitales. Los motivos principales de esta limitación surgen de la severa educación infantil que recibieron y reproducen en sus conductas adultas. También la mujer del siglo XX, heredera de la época victoriana, aprendió a reprimir el placer de mirar y pretendió sustituirlo por el placer de ser mirada. Sólo podremos ayudar a enriquecer las conductas sexuales, desentrañando la trama de prohibiciones, mitos y creencias que orientaron indiscriminadamente a tantos hombres y mujeres.

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