Aldonza Lorenz

hipodermicaAldonza debe entrar en el dormitorio lúgubre, desierto de luz. Pesadas cortinas oscuras  le hacen titubear por un momento . Tantea  unos anteojos del bolsillo y se los coloca, debe aplicar una inyección y descubre que las sentaderas desnudas de este hombre le son  conocidas. Son las del Dr Luis Lovato, médico de cabecera del hospital central.

Aldonza termina su acertado pálpito cuando escucha  la voz potente y quejosa del dr Luis , su aliado en la enfermería de otro tiempo, su amado  secreto.

El era una hombre distinguido, de una familia acomodada. Nunca fijó su mirada más allá de lo que Aldonza significaba, y lo que su apariencia decía. No agraciada, a pesar de su aparente juventud, era ancha de cintura y caderas, sus piernas cortas  se escondían bajo el delantal almidonado. Llevaba una cofia que cubría cejas gruesas y hacía sombra a un bozo renegrido.

El dr luis se enfrentó cada instante del día con el autoritario rostro de Aldonza y sus gentiles  movimientos de dimensiones geométricas, por lo bajo reía y se burlaba de las extravagancias de su enfermera ayudante, que para todo tenía una solución oportuna, más aun en aquellos momentos críticos del país.

Y ella sufría, lo maldecía pero al mismo tiempo lo amaba con locura. Había guardado la fotografía del hospital, besaba su rostro pintado y la llevaba al pecho con lágrimas caudalosas y fragancia a cloroformo.

Ahora ella tiene la aguja