Sentimientos de tango

La formación de la pareja de tango en una milonga.

Arte y sensualidad.tango

El presente trabajo surge al ser invitado a compartir, en el marco del Curso Bienal de Formación de Sexólogos Educativos para la Educación Sexual Integral, dictado en la Fundación Isabel Boschi, a dar una clase basada en las conversaciones del autor con la fundadora de esa institución sobre importancia de los sentimientos y los roles puestos en juego en la formación de la pareja de tango.

Objetivo

Este escrito es sobre la forma que nos acercamos al tango desde nuestros sentimientos, jugando con nuestros roles masculinos o femeninos. Trata sobre el desarrollo de la pareja de baile desde su creación hasta el despliegue de su danza en una milonga. Habla del arte y sensualidad que cada uno de nosotros puede expresar en una pareja de tango.

A través del tango, como danza expresiva de a dos, trataré de describir la importancia de los roles en juego de la pareja. Aunque mi mirada sea inevitablemente masculina, pretendo que eluda el estereotipo machista y rescate la estética y compromiso del galanteo y seducción para el disfrute de ambos bailarines. Esta es una mirada parcial, subjetiva, pero con la firme convicción de que aporta enriquecimiento a la danza, y por qué no, a nosotros mismos.

El hombre lleva

La concepción machista del tango está profundamente arraigada en el imaginario social, en hombres y mujeres, asociándose el tango a la idea de que se trata de una danza donde el hombre manda, “el hombre lleva” y la mujer obedece. Esta idea es común en todos los estamentos, tanto para quienes no tienen contacto con esta danza, que solo lo han visto en alguna película o escuchado distraídamente, como también para los mismos bailarines y habitués de milongas. Pero, en mi opinión, el tango es un baile complejo y sublime, metáfora del galanteo y seducción de una pareja apasionada que se recrea en la danza de los bailarines. En ella deben expresarse ambos, el hombre y la mujer; por ello, en esa representación ambos roles son necesarios e imprescindibles, uno es en relación y referencia al otro. Creo que ninguna otra danza tiene el potencial para jugar con ambos roles de una manera tan íntima, compleja, sutil y dramática como el tango.

En algunos ámbitos y con el transcurrir del tiempo la imagen de que “el hombre lleva” ha ido cambiando. Con el propósito de romper la concepción machista se ha intentado desligar los géneros de los roles de la pareja de baile; por eso en la actualidad muchas veces suele hablarse de “la persona que lleva” o “la persona que conduce” sin mención ni referencia al sexo de ese individuo.[1]

También hay bailarines que, muy por el contrario y amparándose en la tradición, se aferran a la idea de un hombre con absoluto dominio de la pareja. Creo que esta idea, aunque a algunos les pueda resultar antipática, a otros los reconforta. En estos casos, los hombres se sienten seguros ya que no serán disputados sus dominios y las mujeres disfrutan más cómodas dejándose conducir sin comprometerse con el desarrollo del baile.

¿Es necesario que los roles se ejerzan desde una oposición de poderes? ¿El hombre debe dominar a la mujer como un titiritero? No lo creo. Hay un aspecto más profundo y que inconscientemente enamora a los bailarines, y es el juego de roles desde la seducción. Los roles se cumplen en complementación, los bailarines deben danzar juntos.

También es importante entender que roles y personas no son lo mismo, no son sinónimos. Yo hablo de roles y su relación de género desde un punto de vista teatral, un personaje que luego podrá ser representado por cada cual según las circunstancias, como un disfraz que cada persona vestirá eligiendo el rol con el que se sienta más a gusto.

Entonces, no apoyo el machismo en el tango, donde el hombre domina a la mujer, sino que creo en el juego de roles que encarnan los bailarines en una relación mutua, sin perder ese juego de diferencias que, en definitiva, permite unir a la pareja.

Por eso, mi concepción, una entre otras en este mundo lleno de personas e ideas distintas, es la de jugar con los roles, sus diferencias, permitiendo que ambos se desplieguen y expresen plenamente.

En este punto, me doy cuenta de que antes de introducirme en las situaciones de baile necesito definir a la pareja de tango. Es que en el tango, la pareja va más allá de compartir pasos en la pista al compás de la orquesta. En el tango, como en ninguna otra danza, la pareja se transforma en una unidad compleja, una amalgama apasionada en movimiento, y en definitiva es de eso de lo que quiero hablar.

En principio existen dos roles; uno es el que conduce, marca, lleva, que yo voy a definir de ahora en más como “el hombre”, y el otro rol es el del conducido, marcado, llevado, al que me voy a referir como “la mujer”. No se trata de que el rol de hombre solo pueda desarrollarlo alguien del género masculino; este rol no es un atributo natural, es una interpretación, así como el rol de la mujer no es un atributo propio del género femenino. Me refiero a que son personajes y como tales podrán ser interpretados a placer y conveniencia de los bailarines sin importar su sexo.

La pareja de tango se inicia con un encuentro. Es una cita, la dramatización del ritual de seducción; el hombre invita a la mujer, va a buscarla, se acerca y luego la acompaña a la pista para bailar. Allí, el abrazo, el primer acercamiento de los cuerpos. El hombre sostiene, la mujer se entrega. Este primer momento es muy importante y hablaré de ello más adelante. Luego, con la música, se inicia la danza y el hombre lleva a la mujer por la pista. ¿Pero, cómo lleva el hombre? Hay muchas maneras de llevar, de interpretar a este personaje, lo que nos lleva a pensar quién es este personaje.

Este hombre pertenece al arrabal; es compadrito, atrevido, provocador. A su vez, en la situación de danza, la cita, debe mostrarse galante, protector, determinado, decidido y atento. Cada quien sabrá llevar cada uno de estos y otros atributos a su manera. Aquí expongo mi visión, una construcción personal, mi sentimiento al bailar. En definitiva, como la gran mayoría de las danzas en pareja, es la dramatización de una seducción y, especialmente en el tango, esta dramatización alcanza un nivel intenso y exquisito. Es un sutil ritual de seducción: si por un lado el hombre interpreta este papel, por el otro lado surge la homenajeada y como tal debe ser tratada. Ella, la mujer, es la razón para bailar, es a quien se intenta seducir con esta invitación de arrabal. Y su papel no es, ni puede serlo, pasivo. Ella seduce, provoca, incita. Despierta la pasión. El origen de la mujer también es arrabalero y juega con el delicado equilibrio entre la provocadora mujer de la noche y la delicada doncella que concede la cita.

Habiéndonos ambientado en la situación de los personajes, la danza se realiza con el hombre llevando a la mujer, o esto es lo que se piensa comúnmente. Pero, si pensamos que el tango es una metáfora de seducción, no me parece correcto que el hombre simplemente conduzca a la mujer por la pista. Me resulta más apropiado pensar que el hombre con gesto galante propone e invita. No empuja a la compañera señalando lo que debe hacer, sino que abre el espacio dando lugar al baile de ella. Invita cada paso y se ofrece como sostén, para que ella, que tan amablemente se entrega a la danza, se sienta halagada y nos demuestre su aceptación con su baile. Fluyen y cada paso debe interpretarse. La música nos crea un escenario de actuación, donde cada paso debe jugar con la interpretación. Pero es una interpretación compartida. El hombre propone y ofrece el espacio, el sostén, la estructura. La mujer juega su rol allí; se deja llevar aceptando la propuesta, deslizándose en esa estructura. Esto es muy complejo. Por un lado, el hombre debe someterse a la musicalidad del tango, debe desplazarse con cadencia y respetar las pausas que abren un espacio a la danza de su compañera. Al mismo tiempo debe desplazarse de forma que su compañera entienda sus invites, controlando el equilibrio y proveyendo el sostén con cada paso. La mujer, a su vez, debe entregar su cuerpo al ritmo de su compañero, debe dejarse llevar sin perder la conciencia musical, comprender esa estructura móvil que construye el hombre y desenvolverse graciosamente en ella. Ambos roles son muy complejos y difíciles de sincronizar. Es normal que el hombre pretenda dirigir, controlar y definir, obligando a la mujer a responder más allá de su ritmo y equilibrio. Por otro lado, es común que la mujer tienda a anticiparse a su compañero en la ansiedad de estar siempre bien posicionada y dando respuesta a la marca. Pero si el hombre sabe proponer y la mujer esperar, habrá una mejor comunicación. Entonces se produce un retorno, el hombre espera y la mujer propone, en el sentido de que el hombre ofrece un espacio donde la mujer pueda desplegar su seducción.

Mujeres que saben y mujeres que se entregan

Me gustaría dar una mirada masculina sobre la mujer, la mujer que vemos (y quedaré a la espera de que alguna dama nos ilustre sobre la visión femenina sobre nosotros). Para hablar de ellas, de modo muy general, voy a proponer tres etapas por las que parece pasar la mujer según su nivel de aprendizaje. La primera etapa es cuando se inicia, la mujer suele encontrarse tensa, tratando de responder a las señales del hombre, temerosa de no estar haciendo lo correcto y queriendo complacer a su compañero. De a poco comienza a aceptar el contacto corporal, la fusión de los espacios de cada uno para conformar un nuevo espacio en pareja. Por lo general, en el inicio, las mujeres son muy “obedientes”, o sea, tratan de complacer al compañero sin animarse a explorar sus posibles aportes. Lo que me gusta de esta etapa es que si la pareja logra relajarse puede ser bastante divertido, los errores están permitidos y son esperables. Algunas mujeres superan esta etapa rápidamente, ya sea por su personalidad o por sus habilidades corporales; en este punto de transición suelen entregarse bien al baile. Al verse capaces de responder, se sueltan un poco y pueden disfrutar mejor la música que traslada a la pareja. A otras les cuesta más, se tensionan y la danza se les torna demasiado compleja y exigente.

La segunda etapa es aquella en la que la mujer ya tiene conocimiento del baile. Puede responder a las marcas y hasta realizar sus propios pasos, adornando las figuras. Pero, por lo general, se pierde la entrega. En esta etapa, la mujer suele anticipar al hombre. Ya conocedora de las posibles figuras, se prepara mentalmente y con frecuencia inicia ella misma los pasos. También se vuelve exigente con sus parejas, que deben alcanzar cierta pericia, moverse de cierta forma. Establecen qué estructura es la que se acomoda a ellas. Aunque es una etapa en la que pueden realizarse complejas figuras de baile, desde mi punto de vista la danza se torna técnica y falla en el espíritu de la entrega, del goce en la música y la pareja. Es una especie de profesionalización, y muchas mujeres se van especializando por este camino.

La tercera etapa es un retorno al inicio. Es un retorno experimentado. Se retorna al disfrute, a las cosquillitas en la panza pero con el cuerpo equilibrado en las figuras. Entonces, la mujer puede dejarse llevar. Sus adornos son un goce musical, simplemente disfruta con su compañero. Puede interpretar ese papel seductor y arrabalero, sin necesidad de demostrar su habilidad ni de exigir a su compañero. Más bien se funde en la amalgama creada con su pareja, haciendo sus aportes con suavidad, sin forzar el equilibrio que se construye entre los dos. El hombre siente la suavidad, la liviandad en los movimientos.

Pero sea cual sea la etapa, lo importante es que el tango debe disfrutarse, hacerlo para el placer corporal y del alma. Sin importar el conocimiento o la técnica, primero está el compromiso con uno mismo y con su pareja de baile en el disfrute. Las figuras son posibilidades de expresión, y puede tomar tiempo dominarlas. Pero no son más que eso, un instrumento. El baile es la entrega a la pareja y a la música.

Tradiciones milongueras

El tango no es sólo la danza, es también todo lo que la rodea; para comprenderlo mejor ingresaremos a una milonga. Si entráramos por las puertas de una milonga, nos transportaríamos a una escena nueva, un mundo dominado por normas que percibiríamos en gestos, poses, la vestimenta y en la danza misma; son las que hacen a las tradiciones milongueras. En esta época nos pueden resultar pintorescas pero estas conductas tienen su razón de ser, su sentido es poder disfrutar y compartir el espacio de baile y creo que es bueno respetarlas. Entre las tradiciones voy hablar de las cabeceadas, la ronda, las tandas y sus demoras entre tango y tango. Al analizarlas un poco, veremos que tienen un fuerte componente de respeto y cuidado que hacen al decoro y nos orientan para disfrutar de la danza compartida.

Los invito a pasar, levantemos el telón sobre la escena de la milonga: sentimos la música, la pista espera vacía, gente alrededor parada o sentada en mesitas, conversando animosamente, otros silenciosos, mirando de reojo a las mesas de enfrente, comiendo algún bocadito, un trago en la mano, saludos entre los amigos, presentaciones, los mundos de viejos amantes del tango se entremezclan con otros de los recién iniciados; también se presenta algún que otro curioso a disfrutar del espectáculo, y no faltan gentes de otras naciones que se acercan a conocer. Portes compadritos, gestos cómplices a la distancia, unos se miden y otros se buscan. La música de bandoneones cubre la escena.

Vistiéndome de guía, les cuento que la música se organiza en tandas. Las tandas pueden ser de tangos, milongas o valses; se componen de tres o cuatro piezas musicales de características similares y suelen pertenecer a la misma orquesta. A veces puede haber una tanda intermedia de música folklórica, de época, salsa o simplemente algo diferente. Los tangos se escuchan completos, con unos segundos de pausa entre cada uno. Esto es muy importante porque los bailarines no inician la danza de forma automática con el comienzo de cada tango, sino que se da un breve período de conversación o espera entre el final de un tango y el inicio del próximo. Al sonar un nuevo tango, se dejan pasar unos compases hasta que la pareja se abraza e inicia nuevamente el baile. Estos pequeños espacios de tiempo, en los orígenes del tango, se debían a que daban la oportunidad de conversar brevemente y a solas a las parejas que bajo la tutela de familiares y conocidos no tenían otra forma de acercarse. Hoy en día, quizás el sentido de este ritual no tenga el mismo valor, pero pone frente a frente a la pareja y le permite un mejor entendimiento, tanto de ellos mismos como del entorno y la danza que desarrollan. Con respecto al final de cada tango, el baile debe terminar exactamente con el último compás de la pieza musical, ni un paso más ni un paso menos; de esta manera se demuestra el conocimiento, la pericia y la concentración de los bailarines en la música. La pista queda paralizada, las parejas se separan un poco y pueden conversar.

Pero para bailar será necesario formar las parejas. Es muy normal que hombres y mujeres se presenten en la milonga sin pareja de baile o en grupos heterogéneos, por lo que deberán buscar sus parejas de baile entre los presentes. En esta época, el intercambio de parejas es algo normal, incluso puede resultar que habiéndose concurrido en pareja los bailarines se intercambien en alguna tanda; esto permite experimentar diferentes estilos y promover el aprendizaje. Ahora, la conformación de la pareja tiene sus formalidades. Lo primero será que el hombre invite a su compañera a la pista de baile. Para ello, el caballero, habiendo hecho contacto visual, con un breve movimiento de cabeza, la famosa cabeceada, pide la aprobación a la dama para acercarse a ella e invitarla a bailar. Debe ser el hombre quien se acerque hasta el lugar donde se encuentra la mujer y la acompañe hasta la pista. Si la mujer rechaza la invitación, será conveniente que no acepte otro compañero durante esa tanda ya que será mal visto. Por cortesía, una primera tanda nunca debe negarse. Igualmente, los caballeros debemos asegurarnos de que la dama ha aceptado nuestra “cabeceada”, ya que puede ser muy desmoralizador, y papelón para nuestro orgullo de milongueros, ir a buscar una compañera que por error creímos que nos había dado el sí y volver con las manos vacías desde el otro lado de la pista. Ahora bien, si la mujer nos concede una tanda, deberemos mostrarnos gentiles y esforzarnos por ofrecerle una tanda agradable, en la que ella pueda sentirse cómoda y disfrutar del baile y, si tenemos suerte, también de nuestra compañía.

La ronda

El protocolo nos requiere que en el baile nos organicemos en una ronda que gire en sentido contrario al de las agujas del reloj. Una calesita en la cual junto a las otras parejas de bailarines iremos desplazándonos en conjunto por el perímetro de la pista. Hay una danza interna y otra externa. La interna hace a la expresión y contacto de la propia pareja, la externa es el movimiento de desplazamiento del conjunto de bailarines en la pista.

La ronda circula a un ritmo de conjunto, se hace entre todos. Cada pareja ocupa un espacio en la rueda con respecto a las otras. Son constelaciones que giran con respecto al centro de la pista. Es importante mantener nuestro lugar respecto a la pareja que nos precede, ya ella será nuestra referencia en cuanto al espacio que podemos transitar.

Las parejas se ubican con el hombre mirando en dirección de avance, con las manos dirigidas hacia el centro de la pista. Durante la circulación de la pareja el hombre baila mirando en dirección de avance y la mujer se desplaza hacia atrás. Esta posición ya define una diferencia de roles; será el hombre quien mire el camino a recorrer por la pareja. Es él quien propone el avance y puede ver el espacio que hay con la pareja que los precede. Al avanzar lo hacemos con la mujer por delante y de espaldas, por eso es la responsabilidad del hombre protegerla, cuidarla, llevarla en forma segura de manera que ella tenga la posibilidad de hacer su baile sin peligro de estorbarse o golpearse con otras parejas. El hombre debe atender a lo que sucede a su alrededor. Cuidar las distancias permitirá que la pareja disfrute del baile sin peligro. Es importante que el desplazamiento sea hacia delante, en la dirección de la ronda, porque de lo contrario podríamos retroceder sobre el espacio de la pareja que nos va en zaga, de forma inesperada y con el peligro de chocarnos. Debemos respetar los espacios ajenos. Si la pareja de adelante lleva un ritmo de avance más lento del que nuestra intención quisiera, lo correcto es resolverlo con pasos de baile en nuestro espacio, ser pacientes y no presionar ni pegarse a la otra pareja. Adaptemos nuestro baile a un avance más lento. Con respecto a las figuras que pretendamos realizar, también debemos ser conscientes de que hay ciertos movimientos que, aunque vistosos por su despliegue, pueden poner en riesgo a otras parejas y a nosotros mismos, por lo que debemos observar los tiempos y espacios con los que contamos para expresarnos y movernos de manera acorde a estos cuidados. Si se diera el caso de encontrarnos con otra pareja menos atenta o respetuosa, que realice movimientos bruscos que pongan en peligro a las parejas de alrededor, en lo posible debemos evitar acercarnos, poniendo toda la distancia que se nos permita. Si la misma no avanzara obligando al resto de las parejas a aglomerarse detrás, podremos tomar la decisión de sobrepasarlos. Para ello siempre optaremos por pasar por el lado izquierdo, hacia el centro de la pista, ya que el lado derecho es el lado “ciego” de las parejas. Nunca avancemos por el lado derecho de otra pareja porque no seremos vistos y podríamos terminar chocando.

Para bailar ingresaremos a la pista por algún sitio que no entorpezca al resto, en lo posible por las esquinas y nunca la atravesaremos, si el perímetro externo se encuentra colmado, podremos pasar a integrar una ronda más cerrada hacia el centro de la pista. Según el espacio que haya, se podrán formar otras rondas internas. Se suele considerar que los más novatos van hacia el centro, dejando el perímetro a los más expertos. El momento de ingresar a la ronda será durante las pausas, desaconsejándose durante el movimiento de la ronda. También se debe considerar el espacio que estamos ocupando y la distancia con el resto de las parejas, ya que en caso de aglomerarnos no podremos ni dejaremos bailar correctamente. El cuidado por los espacios de cada pareja, el respeto por los otros es imprescindible para que podamos gozar plenamente de la danza.

El abrazo

No voy a enseñar las técnicas de un buen abrazo. Mi intención es hablar de los sentimientos, sensaciones, actitudes y roles puestos en juego. Como antes mencioné, la pareja de tango se inicia con un encuentro, el acercamiento de los cuerpos. Este primer momento es muy importante, es la fusión de dos en el abrazo, y el abrazo es el fundamento del tango. El hombre sostiene con su cuerpo, la mujer se entrega en cuerpo. El abrazo obliga a percibir el cuerpo del otro y exponer el nuestro. El tango es una danza de expresión íntima de la pareja que formemos, por ello se pondrán en juego muchas cosas. El acercamiento y abrazo siempre será distinto cada vez que bailemos con alguien diferente, y quizás también sea diferente aún con la misma pareja. Como en toda relación humana no nos sentiremos cómodos con todos, ni estaremos de igual predisposición; la proximidad de los cuerpos en el tango nos pondrá a flor de piel estos sentimientos. La cuestión de piel está implícita y es importante, no podemos bailar cómodamente con todos ni lograremos la misma unión. Con cada pareja se obtiene una mística diferente, y este es otro de los aspectos fascinantes del tango.

El abrazo debe unir los cuerpos y, a la vez, permitir que se expresen; el hombre será la estructura que contiene, la mujer será la fluidez contenida. El hombre sostendrá el cuerpo de la mujer con firmeza pero creando un espacio de movimiento para ella. La mujer jugará con su sensualidad en ese abrazo, creando figuras, insinuando. Es importante que ambos se adapten al otro, que la formación de un nuevo equilibrio sea una continuidad de los equilibrios y de cada uno. Es importante que el hombre sostenga a la mujer de forma que ella se sienta estable y cómoda, a la vez que él mismo mantiene una postura elegante y confortable; sólo así lograrán construir una nueva figura de a dos. Las posturas corporales dicen mucho, la compenetración, la intención de los bailarines, se revela en el abrazo.

Es verdad que la experiencia nos abre y libera de prejuicios y nos permite soltarnos con mejor predisposición al abrazo, a concentrarnos más en la danza, sin el temor del contacto de los cuerpos. Nos permitirá bailar con más gente y tratar de entendernos mejor con una mayor cantidad personas. Pero siempre existirán parejas que se entiendan mejor, que se expresen más a gusto y logren una comunicación más profunda. En el mismo sentido, el abrazo y la sensualidad del tango debe ser interpretado siempre considerando a nuestra pareja, por eso es muy importante la atención, el respeto, la consideración hacia quien nos hace el honor de bailar con nosotros. Cuidemos, especialmente, el disfrute de ambos, para crear a dúo, para jugar y gozar de la intensidad del tango de a dos. El baile de tango es un arte complejo y sensual porque se crea de a dos. Hay que tener mucha consideración por el otro para disfrutarlo y sentirlo plenamente; siempre es de a dos, es una dupla. Solo cuando el abrazo funde a la pareja en un único baile se logra la armonía y el fundamento del tango.



[1] Cuenta la historia que en los comienzos del tango, los hombres solían practicarlo juntos. De aquí suele tomarse la idea de los roles sin atribución al sexo.