HACIA ABAJO

Se levantó como todos los jueves. Bueno, como todos los jueves desde hacía cuatro meses; antes le daba lo mismo que cualquier otro día.ASCENSOR

Caminó hasta el baño y empezó con sus rituales, esta vez con mayor atención, especialmente en la ducha: indisimuladamente se acariciaba el pecho y los muslos, recordando, imaginando… sí, definitivamente, los rituales de los jueves ahora eran diferentes: sus pezones, acariciados y llenos de espuma, se erguían altivos y desafiantes, dispuestos a manifestarse a través de la blusa verde y estrecha que ya había dispuesto sobre la cama; el champú, en cantidad excesiva, generaba una cascada de espuma tibia que recorría su espalda lentamente, que se desvanecía al llegar a la cintura; su mejor toallón, el más suave y mullido, comprado en Punta Cana diez años atrás y estrenado recientemente, esperaba para envolverla cual abrazo cálido y voraz; antes, una crema carísima sería la excusa para seguir acariciando su cuerpo, recordando, imaginando… Por supuesto, el maquillaje sensual –inapropiado para la hora, diría su vecina y ami/enemiga Rosaura- no podía faltar, como tampoco la calza animal print -más que una prenda parecía una pintura- que le modelaba glúteos y muslos a la perfección. Ahora sí, Marisa tomó un café sin azúcar, que era lo único que podía ingerir en el estado de excitación que le provocaba la inminencia del encuentro.

El despertador de Felipe sonó en vano: tempranamente desvelado, él ya estaba en la ducha, frotando con más energía que la habitual la esponja contra su pecho, contra sus brazos; claro, desde hacía cuatro meses sus rituales matutinos de los jueves también habían cambiado: había comprado crema de enjuague –“eso es de trolo”, solía decir antes-, para que el pelo disminuyera, al menos un poco, su rebeldía y se dejara acomodar, así, como al descuido; se ponía crema humectante después de afeitarse, cerrando la ventana del baño para que no lo vieran (¿quién?, si desde el piso 16 sólo se avistaba el cielo); incluso había estrenado, finalmente, ese frasco de Jazz original que le había regalado su ex novia para su cumpleaños.  Por supuesto, la camisa de Dior, la corbata Hermes, el traje recién retirado de la tintorería y hasta los zapatos bien lustrados completaban el atavío. Intentó desayunar, pero la ansiedad le había cerrado el estómago.

Por más que lo intentaba una y otra vez, Marisa no podía decidir qué cartera llevar. Ni qué cosas llevar. Vació sobre la cama la que había usado el día anterior y empezó a seleccionar objetos para poner en esa marrón de Prüne, que tanto le había costado y que casi nunca usaba. La selección era ardua: llaves, documentos, lápiz labial, caramelos, espejo, calculadora, preservativos –que nunca había utilizado, vencidos tal vez- lapiceras varias, teléfono, tarjetas; finalmente, todo lo que había desparramado volvió a quedar prolijamente desordenado, claro que en una cartera más fashion…

Salió.

Felipe acomodó su vieja computadora en su nuevo porta notebook Samsonite y se lo colgó del hombro, cuidando que el logotipo quedara bien visible. Repasó: llaves de casa, llaves del auto, documentos, agenda, lapicera Mont Blanc –trucha, pero nadie se daba cuenta-, tarjetas…

Salió.

Felipe entró sabiendo que Marisa no iba a estar aún. Se acomodó en un rincón estratégico, que le permitiría verla al ingresar; mientras tanto, volvió a mirarse en un espejo que estaba junto a él, corroborando cada detalle de su atuendo y su peinado: nada debía interferir negativamente el momento tan esperado. Sentía que sus pulsaciones se aceleraban, que sus manos se humedecían, que el bóxer de Versace le comenzaba a apretar.

Marisa caminó con cuidado, mirando y escuchando a su alrededor. No iba lejos, pero el trayecto se le hacía interminable; por cada metro recorrido, su ansiedad crecía de manera exponencial. Al llegar abrió la puerta exterior, entró y la cerró detrás de sí; no le hizo falta abrir la puerta siguiente, pero también la cerró luego de atravesarla.

Se acercó a él en silencio. Por un instante, las miradas se encontraron; luego la proximidad de sus cuerpos lo impidió.

Era el momento supremo, esperado por ambos, cada jueves desde hacía cuatro meses. No había palabras, no eran necesarias…

Mareados por los perfumes y el deseo, se buscaban ávidamente. Las bocas se encontraban y se separaban, dejando estelas de saliva; Felipe besaba su cuello vorazmente, bajaba hasta el escote de la blusa verde, lamiendo todo lo que hallaba, y volvía a la boca, una y otra vez. Marisa gemía y revolvía el pelo de Felipe; de vez en cuando lo agarraba y tiraba con violencia hacía atrás, para ser ella quien hundiera su lengua en la boca abierta.

A esta altura, las manos iban y venían insuficientes, sin dar abasto para tanto deseo acumulado. Ya no importaban la elegancia de la blusa verde ni el planchado de la camisa de Dior: sin querer o queriendo –vaya uno a saber- Felipe pellizcó el pezón derecho de Marisa y ésta raspó con las uñas el cuello de Felipe. El mutuo dolor exacerbó el enardecimiento y las manos descendieron.

Ahora Marisa frotaba intensamente la entrepierna de Felipe. Sentía su erección y apretaba aún más, escuchando sus gemidos entrecortados mezclados con insultos excitantes, expresados con voz queda. Él recorría la calza desde la entrepierna hasta la rodilla y volvía, provocándole a Marisa espasmos que mojaban claramente los diseños irregulares del animal print.

Un ruido de pasos que creyeron cercanos los alertó: se separaron brevemente.

Falsa alarma. Volvieron a abrazarse, entrecruzando las piernas; el placer se aproximaba al paroxismo, sin alcanzar nunca el horizonte, pidiendo siempre más…

Las manos de Felipe superaron la barrera de la blusa verde primero y del corpiño después; las de Marisa se hundían debajo del bóxer…

Un sacudón los estremeció; se separaron, acomodaron sus ropas y salieron, contentos, satisfechos: los 24 segundos del viaje en ascensor desde el 8º hasta planta baja habían llegado a su fin.

 Osvaldo Macri, Diciembre 2013

Registro Prop. Int. Exp.5158780