¿Y por qué no me avisaron?

– ¡¿Y por qué no me avisaron?! – tronó la voz de Jorge, atravesando el aire húmedo y los tímpanos de los que lo rodeaban.

Claro, de haberlo sabido no hubiese venido así, con la guardia baja, sin expectativas especiales…

Sin embargo, la intuición le había dicho que algo especial ocurriría, que no era una reunión ordinaria, que se iban a plantear nuevos escenarios, que, inclusive… bueno, para qué seguir. Pero no le hizo caso: si durante tantos años salió airoso, ¿por qué hacerse problemas?

Ahora estaba ahí, indefenso, justamente él, que mostraba siempre esa imagen de omnipotencia, cultivada a través de años de buena ropa, actuación y tranquilizantes por la noche.

Jaime fue el primero en reaccionar; lo miró fijamente, se le acercó desafiante, posó su mano en el hombro de Jorge con fuerza -casi con violencia- y dijo, estridente: “Vos lo sabías, ya nadie te cree”.

-¡Y por qué no me avisaron!- repitió, pero no lo escuchaban.

No lo escuchaban porque no hacía falta, les alcanzaba con mirarlo y verlo como nunca antes: nunca tan soberbio, nunca tan vulnerable.

Los sonidos del silencio –el silencio que se había apoderado de la sala, no el de la canción de Simon & Garfunkel- dominaban la escena: por una puerta lateral había entrado Clara, que intentaba, en vano, establecer un duelo de miradas con Jorge.

Por supuesto, los que llevaban más tiempo en estas lides recordaban perfectamente a Clara y Jorge juntos, mostrando con impertinencia todo lo que eran capaces de hacer aunados, uno frente al otro. Sus señas, sus miradas cómplices, las manos nerviosas, las bocas secas por tantas mentiras y fantasías que improvisaban para mantener el clima y no perder la concentración.

Hasta que todo terminó. La decisión fue de Clara, pero Jorge nunca lo admitió: siguió concurriendo como si nada hubiera pasado, con compañeras de ocasión que –esto decían casi todos- hacían cada vez más grande y nítida la irreemplazable figura de Clara. Ésta, en cambio, desapareció súbitamente, de un día para otro, contribuyendo esta actitud a acrecentar esa imagen de haber sido el verdadero sostén de la pareja.

Jorge pretendió eclipsar el recuerdo de Clara con arrogancia e histrionismo; como resultado, sus otrora admiradores, lentamente, iban dejando de serlo.

…Y aquí estamos, a minutos del comienzo. Todos los invitados y los miembros de la Comisión Directiva del Club de Swingers ya estaban en el lugar; siendo las nueve de la noche, los participantes empezaban a acomodarse en sus lugares.

Pero esta vez el clima era diferente al de otras veladas: esta era la Noche Anual de Gala, culminación de once meses intensos. Durante el año la Comisión Directiva del Club se reunió todos los sábados; en cada encuentro, dos parejas mostraban sus habilidades frente a frente y una era proclamada ganadora; la otra quedaba fuera de concurso.

Hoy, a diferencia de lo que sucedía en las instancias previas, tuvieron acceso a la reunión todos los socios del club: 236 personas expectantes, ansiosas, mirando cada detalle, murmurando acerca de lo que pasaba los años anteriores, cuando Jorge y Clara resultaban vencedores siempre, durante siete años consecutivos.

Y otra vez Jorge y Clara… pero acompañados cada uno por diferente partenaire.

Ya estaban los cuatro en escena. La luz tenue, el público expectante, los árbitros –expertos en el conocimiento de las reglas, de lo que se puede y lo que no se puede hacer y decir- se miraban inquietos.

Sí, eran cuatro participantes, pero la gente veía a Clara, Jorge y dos más sin rostro, ni cuerpo, ni voz, ni piel… tal el magnetismo de la otrora pareja estelar, fundadores del Club.

¡Qué contraste! Jorge trémulo, pálido, inquieto; Clara fascinante, sensual, segura…

Nueve y cuarto de la noche… “Por favor, se solicita a los distinguidos asociados que tengan a bien apagar los celulares”, invita una voz grave.

Y ahora sí, silencio por favor…

En el Club de Swingers más famoso del país, luego de arduos once meses, la instancia final del Campeonato Anual de Truco ha comenzado…

 

 

Osvaldo Macri, junio de 2013