“El hombre lleva” por Lucas Ezcurra

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Hablemos de uno de los más arraigados estereotipos del tango, la idea de “el hombre es el que lleva”. Con el tiempo este concepto fue variando un poco, en el intento de desligar al género masculino del rol de conductor; es por este motivo que actualmente se prefiere usar la expresión “la persona que lleva” o “la persona que conduce”, sin mención al sexo de esa persona.
En mi concepción voy a volver a unir el rol de conductor al género masculino, refiriéndome al hombre que lleva. Pero quiero que se entienda este rol desde un punto de vista teatral, un personaje, que luego podrá ser representado por cada cual según las circunstancias.
En este punto, me doy cuenta de que antes de introducirme en las situaciones de baile necesito definir a la pareja de tango. Es que, en el tango, la pareja va más allá de compartir pasos en la pista al son de la orquesta. En el tango, como en ninguna otra danza, la pareja se transforma en una unidad compleja, una amalgama apasionada en movimiento, y en definitiva es de eso de lo que quiero hablar.
Entonces, en principio existen dos roles. El que conduce, lleva, marca, etcétera, que yo voy a definir de ahora en más como “el hombre”, y el rol de conducido, llevado, etcétera, al que me voy a referir como “la mujer”. No se trata de que el rol de hombre solo pueda realizarlo el género masculino; este rol no es un atributo natural, es una interpretación, así como el rol de la mujer no es un atributo propio del género femenino. Me refiero a que son personajes, y como tales podrán ser interpretados a placer y conveniencia de los bailarines sin importar su sexo.
La pareja de tango se inicia con un encuentro. Es como una cita, la dramatización del ritual de seducción; el hombre invita a la mujer, va a buscarla y la acompaña a bailar. Allí el abrazo, el primer acercamiento de los cuerpos. El hombre sostiene, la mujer se entrega. Y con la música se inicia la danza, entonces se dice que el hombre lleva. ¿Pero, cómo lleva el hombre? Hay muchas maneras de llevar, de interpretar a este personaje, y esto nos lleva a pensar quién es este personaje.
El hombre nace en el arrabal; es compadrito, atrevido, provocador. A su vez, en la situación de danza, la cita, debe mostrarse galante, protector, determinado, decidido y atento. Cada quien sabrá llevar cada uno de estos atributos y otros a su manera. Aquí expongo mi visión, una construcción personal, lo que siento al bailar. En definitiva, como la gran mayoría de las danzas en pareja, es la dramatización de una seducción, y, especialmente en el tango, esta dramatización alcanza un nivel intenso y exquisito. Es un sutil ritual de seducción, y si por un lado el hombre interpreta este papel, por el otro lado surge la homenajeada y como tal debe ser tratada. Ella, la mujer, es la razón para bailar, es a quien se intenta seducir con la invitación a esta cita de arrabal. Y su papel no es, ni puede serlo, pasivo. Ella seduce, provoca, incita. Despierta la
1 Se dice que en los comienzos del tango, los hombres solían practicarlo juntos. De aquí suele tomarse la idea de los roles sin atribución al sexo.
pasión. El origen de la mujer también es arrabalero, y juega con el delicado equilibrio entre la provocadora mujer de la noche y la delicada doncella que concede la cita.
Habiéndonos ambientado en la situación de los personajes, la danza se realiza con el hombre que lleva a la mujer, o esto es lo que se piensa comúnmente. Pero, si pensamos que el tango es una metáfora de seducción, no me parece correcto que el hombre simplemente conduzca a la mujer por la pista. Me resulta más apropiado pensar que el hombre con gesto galante propone e invita. No empuja a la compañera señalando qué debe hacer, sino que abre el espacio dando lugar al baile de ella. Invita cada paso y se ofrece como sostén, para que ella, que tan amablemente se entrega a la danza, se sienta halagada y nos demuestre su aceptación con su baile. Cada paso debe interpretarse. La música nos crea un escenario de actuación, y cada paso debe jugar con la interpretación. Pero es una interpretación compartida. El hombre propone y ofrece el espacio, el sostén, la estructura. La mujer juega su rol allí; se deja llevar aceptando la propuesta, deslizándose en esa estructura. Esto es muy complejo. Por un lado, el hombre debe someterse a la musicalidad del tango, debe desplazarse con cadencia y respetar las pausas que abren un espacio a la danza de su compañera. Al mismo tiempo debe desplazarse de forma que su compañera entienda sus invites, controlando el equilibrio y proveyendo el sostén con cada paso. La mujer, a su vez, debe entregar su cuerpo al ritmo de su compañero, debe dejarse llevar sin perder la conciencia musical, comprender esa estructura móvil que construye el hombre y desenvolverse graciosamente en ella. Ambos roles son muy complejos y difíciles de sincronizar. Es normal que el hombre tienda a dirigir, a controlar, a definir, obligando a la mujer a responder más allá de su ritmo y equilibrio. Por otro lado, es común que la mujer tienda a anticipar a su compañero en la ansiedad de estar siempre bien posicionada y dando respuesta a la marca. Pero si el hombre sabe proponer y la mujer esperar, habrá una mejor comunicación. Entonces se produce un retorno, el hombre espera y la mujer propone, en el sentido de que el hombre ofrece un espacio donde la mujer pueda desplegar su seducción.
 Mujeres que saben y mujeres que se entregan
Me gustaría dar una mirada masculina sobre la mujer, la mujer que vemos. Y para ello, de modo muy general, voy a proponer tres etapas por las que parece pasar la mujer según su nivel de aprendizaje. En la primera etapa, cuando se inicia, la mujer se encuentra en tensión, tratando de responder a las señales del hombre, temerosa de no estar haciendo lo correcto y queriendo complacer a su compañero. De a poco comienza a aceptar el contacto corporal, la amalgama de los espacios de cada uno para conformar un nuevo espacio en pareja. Por lo general, en el inicio, las mujeres son muy “obedientes”, o sea, tratan de complacer al compañero sin animarse a explorar sus posibles aportes. Lo que me gusta de esta etapa es que si la pareja logra relajarse puede ser bastante divertido, los errores están permitidos y son esperables. Algunas mujeres superan esta etapa rápidamente, ya sea por su personalidad o por sus habilidades corporales; en este punto de transición suelen entregarse bien al baile. Al verse capaces de responder, se sueltan un poco y pueden disfrutar mejor la música que traslada a la pareja. A otras les cuesta más, se tensionan y la danza se les torna demasiado compleja y exigente.

Lucas Ezcurra

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