Ser Zelig de “Él”

Zelig, personaje creado por Woody Allen, era un simulador. Un simulador de su verdadera identidad.
Tenía tantas caras como interlocutores. .Cuando hablaba con judíos, lo hacía en su idioma y le crecían barbas, cuando se mezclaba con personas negras su piel y hasta su tono de voz cambiaban.
Un típico caso de inseguridad, que lo llevaba a camuflarse entre las personas, adaptando su apariencia para poder ser aceptado.
Lo que quiso siempre Zelig fue agradar al otro. No tener conflictos. Suponía que la vida, la suya y la de los demás, podía ser más placentera si evitaba decir la verdad, o mejor dicho su verdad.
Todos somos Zelig, en mayor o en menor medida.
¿Se puede vivir en esta sociedad de otra manera? Algunos somos un poco Zelig, otros mucho, y muy pocos, poquísimos, no tienen nada de aquel personaje.
¿Es deseable aspirar a ser estos últimos?. En un principio estamos tentados de decir: “Por supuesto que sí!!!”. Pero aquí viene otro interrogante, que nos desencanta y nos baja al mundo real: “Y si está bien que aspiremos a ello, ¿podremos llegar a ese estado???. “
Me animo a responder ciertamente que no.
Zelig es un ejemplo burdo, demasiado extremo del magistral Woody para mostrarnos una faceta real de nuestra raza humana.
El personaje de la película había perdido su verdadera identidad. No le importaba perderla.
Contrariaba sus íntimas convicciones, su sentir, su propia esencia.-
Estos últimos años de mi matrimonio fui un Zelig. Poco o bastante, no lo sé, pero lo fui, no tengo dudas.
Quise agradarla a ella, sin ver que había cambiado mucho, y que no podía satisfacerla.- A pesar que sentía que mi amor se iba apagando, me apegaba a ella mucho más fuerte. Era paradójico, pero comprensible por el miedo a “perder lo asible, lo que está aquí, y ahora”.-
Allí empezó mi Zelig “agravado”. Escondía mi sentir verdadero.
Recuerdo, por ejemplo, que en esa etapa muchas veces “consensuamos” medidas o consignas para nuestros hijos, o admití y apoyé las que ella les “gritaba”, y que no me convencían para nada, porque eran el rigor por el rigor mismo, sin una clara enseñanza de vida.
Recuerdo también mis renuncias a las pequeñas cosas que me causaban placer, para que ella pudiera desarrollar su profesión, la organización de sus charlas y congresos, su trabajo en casa los fines de semana, y hasta sus viajes al exterior.
Me ocupaba casi por completo y con placer de mis hijos, pero no me sentía bien con esa situación “despareja”, mucho menos cuando no había del otro lado un “gracias” espontáneo.-
Ella siempre veía el árbol, no el bosque. La mitad del vaso vacío.Era cuestión de encontrar mi “falla”, sin importar otra cosa más.
Nuestro amor se terminaba. La incomunicación, los prejuicios, los preconceptos, y todo aquello que termina con una pareja, se habían instalado definitivamente en la nuestra.
Allí vivió mi peor Zelig, el desesperado, el que quería agradarla cueste lo que cueste, olvidándome de lo que era mejor para mí y para mis hijos.
No la culpo . Ella no actuó bien, pero debí verlo. Lo veo ahora, ya separados.
¿Me arrepiento de aquella actitud de haber sido un Zelig agravado ?
No. Me equivoqué, pero lo hice de buena fe. No quería que nuestro matrimonio se fuera al diablo. Tenía la ilusión que estableceríamos nuevas pautas o reglas de juego, y empezar de nuevo.
Pero fue solo una ilusión. Ella había cambiado, y no era su voluntad salvar nuestra pareja, sino separarnos con el menor conflicto posible. Lo que por otra parte, se lo agradezco.
Entonces aprendí que no se puede vivir como un Zelig. No es bueno para nadie.
Uno puede serlo en determinadas situaciones o circunstancias, para evitar el choque innecesario o gratuito.-
Pero no se puede ser Zelig en forma permanente, como lo fui con ella en este último año. Los seres más cercanos merecen sentir nuestra verdadera identidad, nuestra propia esencia.
Pero no estuve solo. De alguna manera, en este proceso de separación, aunque en distintas etapas, los dos fuimos Zelig.
Ahora me llegó el momento de recoger las vivencias erróneas, reflexionar sobre ellas, y ser más “sabio” . Toda crisis nos acerca sabiduría.
Aceptarse uno mismo como es, significa el principio de volver a mi verdadera identidad con sentimientos genuinos.
Pruebas al canto. Con mis hijos es realmente extraordinaria esta nueva etapa. Los diálogos que tenemos, tan profundos, con todo el tiempo y el espacio para nosotros. Siento un inmenso placer y paz en nuestra relación. Fructífera, como pocas veces la he vivido.
Con ellos, siento que soy yo, y me siento fenomenalmente bien. Percibo, además, que les permito aflorar la verdadera personalidad de ellos, más relajada y pensante, más afectuosa, más madura.
Celebro esto con mucha alegría.
Y a esta altura de mi vida, muy próximo a mis 50 , estoy convencido que con esa misma autenticidad me debo mostrar ante la mujer que se me presente en el camino.-
Le diré: “Aquí estoy. Este soy yo. Si me aceptas bien, y si no, sigamos andando nuestros distintos caminos. Pero no voy a cambiar para agradarte, y me gustaría mucho, que también vos seas tal cual sos, sin forzarte a nada por contentarme o satisfacerme. Seremos auténticos o no seremos”.
Matar mi Zelig, o herirlo gravemente, es lo mejor que me puede pasar ahora, y para siempre.-

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*